Lupa en mano y cámara en ristre, paseando por lo mejor y lo peor de la ciudad
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sábado, 8 de septiembre de 2012

Las Teresitas de antaño y los Duques de Würtemberg

(Esta crónica publicada en loquepasaentenerife.com, el 23 de Agosto de 2011, es la primera de una pequeña serie dedicada a uno de los rincones santacruceros más queridos, maltratados y controvertidos de la capital: la playa de Las Teresitas)


 En estos últimos días, la playa de Las Teresitas ha recobrado actualidad, porque el nuevo concejal responsable del área ha dispuesto su mejora, por medio de la remoción de determinadas zonas. En estas fechas, todo el que vaya por allí se encontrará brigadas de trabajadores dedicadas a reparar, aunque sea un poco, muchas de las deficiencias que muestra la citada playa. Quien esto les cuenta lleva acudiendo a ella hace más de cuarenta años y casi a diario. Haga sol, viento, lluvia o esté nublado. Por eso, he visto cómo la han ido transformando. Merece, pues, hacer algo de historia sobre ella.


Este rincón del litoral chicharrero se encuentra a unos ocho kilómetros de Santa Cruz de Tenerife y hasta los primeros años 70 era de fina arena negra, propia del asentamiento basáltico de gran parte del norte y noreste de esta isla tinerfeña. Hasta entonces, no existía ninguna clase de escollera que contuviera las fuertes corrientes marinas del invierno y, con la marea baja, - excepto en esa estación del año -, había una magnífica y amplia alfombra de arena que llegaba hasta una ancha franja de callaos de todo tamaño. Esos callaos llegaban hasta la base de los riscos que, a modo de pared, siguen jalonándola a todo lo largo. Cuando la pleamar estaba en su punto más alto, alcanzaba el borde de aquella zona de cantos rodados, pero apenas los cubría.

Dentro de este espacio de piedras había algunas construcciones que podríamos calificar de prefabricadas, con la excepción de una hermosa y recoleta residencia de dos plantas, que se encontraba poco antes del final de aquel gran arco natural. En el inicio y a la derecha de la playa, estaban el campo de fútbol y el minúsculo cementerio del cercano barrio de San Andrés. A la izquierda, un amplio chiringuito hecho de cañas y madera, propiedad de D. José Ramos. Fue punto de encuentro obligado, entre los que frecuentaban el lugar, para tomarse un buen arroz amarillo con mero o bocinegro frescos o unos calamares en anillas, casi vivos. Para acompañarlos, vino del país o cerveza bien fría. Se mantuvo en pie hasta no hace mucho tiempo.

Desde San Andrés, algo más allá del castillo caído, partía una pista de tierra que transcurría a lo largo de los laterales del campo de fútbol y del cementerio y desembocaba en una explanada, delante del Bar Ramos, hasta la que podían llegar los coches. Para adentrarse y llegar a la arena, había que hacerlo a pie. El que quisiera acceder directamente al final de la playa, tenía que bajar, - también a pie -, por otra pista de tierra, que arrancaba en la curva siguiente a los semáforos que hoy se encuentran en el acceso a Las Teresitas y su cruce con la carretera que se dirige a Las Gaviotas e Igueste de San Andrés. De ese camino, apenas quedan vestigios debido a los movimientos de tierra que se han hecho a lo largo de los anteriores intentos de transformación de la playa. Era relativamente corto y pasaba por detrás de aquella única edificación formal que se encontraba cerca de donde terminaba la playa.

Las únicas referencias de la ubicación de la citada vivienda, que se conservan hoy, son los dos grandes laureles de Indias, que están al borde del nivel de aparcamientos más alejado de la arena,- entre los accesos 7 y 8 - y un trozo del parapeto que defendía la construcción del oleaje de las mareas altas. Más atrás, aún hay restos de los muros que la sustentaban y protegían de la montaña, así como parte de los pisos de sus estancias.

Hay que tener en cuenta que el estacionamiento actual se levantó sobre el que, en la primera fase de transformación, fue de tierra y, éste, sobre la antigua explanada de arena, por lo que el mencionado parapeto era más alto que lo que hoy queda de él. Los laureles, hace cerca de cincuenta años, eran bastante más pequeños y estaban integrados en el bonito jardín que formaba parte de la gran terraza que antecedía a aquella casa. También había árboles frutales y, en particular, recuerdo un magnífico aguacatero, en la parte de atrás, que llamaba la atención por el buen aspecto de sus frutos.

Los propietarios de aquella especie de palacete, al borde del mar, fueron una princesa y un duque, que, por largas temporadas, disfrutaban de las excelencias de nuestra eterna primavera. Es probable que algunos de nuestros lectores recuerden que se trataba del matrimonio formado por la Princesa Diana de Orleáns, hija de los Condes de París, y el Duque Karl de Würtemberg, hijo de Felipe Alberto, Duque de Württemberg y antecesor en el mismo título. Ella tenía entonces 20 años y él, 24.

En Septiembre de 1960, ambos pasaron algunos días de su luna de miel en aquella desaparecida vivienda. Se habían casado, en Alemania, el 21 de Julio del mismo año y, desde allí, iniciaron su viaje de novios por varios lugares del mundo. Uno de ellos fue este pequeño, pero incomparable rincón, según sus propias palabras. Habían llegado a nuestra isla casi de incógnito. Tanto, que algún periodista local que sabía del acontecimiento reciente de su boda, trató de confirmar su presencia en estas tierras, en el consulado alemán, y siempre se le dijo que no sabían nada. Era la consigna ordenada desde su país, para preservar la intimidad de la real pareja. Pero, como "el que la sigue, la consigue", ese mismo periodista vio premiada su tenacidad, logrando una entrevista en exclusiva, en el mismo escenario en que vivían los Duques.

Junto con el fotógrafo, - alemán, por cierto -, después de varios intentos de contactar con la pareja, lograron acceder a su residencia de Las Teresitas. En aquellos tiempos, no se estilaba contar con una férrea protección como la que proporcionan los guardaespaldas de hoy en día, y si los sujetos, objeto de la entrevista, eran amables y educados, el acercamiento a su domicilio solía tener un final provechoso. Fue lo que le ocurrió a Martin Herzberg y a Vicente Borges, profesionales colaboradores del diario La Tarde.

Según relata Borges en la publicación de la entrevista, fueron atendidos con mucha cordialidad y cortesía al exponerles su deseo de mantener una conversación con ellos. La sorpresa fue descubrir que a la primera pregunta formulada en alemán por M. Herzberg, la princesa contestó en un español prácticamente perfecto. La charla surgió fácil y fluida, a partir de aquel momento. Les explicaron que su presencia aquí, además de formar parte de su periplo de celebración de la boda, se debía a que querían acabar de equipar la casa y para ello, también se encontraban en ella los padres del Duque, que habían llegado en la víspera y estarían allí por más tiempo. Ella se mostró encantada con lo poco que había visto de nuestra tierra y, aunque salían hacia Portugal al día siguiente, tenían ya previsto regresar en 1961, para pasar dos o tres meses y conocer a fondo las islas. El Duque ya había estado en Tenerife, años antes, y le llevaron a ver el Teide. Se quedó tan impresionado que esperaba volver con Diana, para que ella lo conociera. Tenían fama de ser muy sencillos y afables y se cuenta que hoy continúan siéndolo. Recuerdo haberles visto en más de un verano, acompañados de sus primeros hijos, asomados a la terraza de su residencia.

Para completar esta crónica, me van a permitir que les haga una semblanza de cada uno de ellos, porque, en especial la de la princesa, la descubre como un personaje interesante. Diana de Orleáns, princesa de Francia, nació en el Brasil, en la ciudad de Petrópolis, en Marzo de 1940. Es la sexta de once hermanos y tuvo seis hijos con el Duque de Würtemberg. Su infancia transcurrió entre Marruecos, España y Portugal. Durante los años de la II Guerra Mundial, sus padres se vinieron a vivir a Pamplona con toda su familia y de ahí su dominio de nuestra lengua. Desde niña, nunca se manifestó como una princesa al uso y su personalidad la ha hecho romper el molde, generalmente estereotipado, de estas figuras monárquicas. Toda su vida ha sido una enamorada de las Artes, en especial, de la Pintura y siempre se ha dedicado a practicarlas con total entrega. El mundo de la escultura, en sus distintas técnicas, no le es desconocido, y una peculiaridad suya es la creación de muñecas artesanales. Expone sus obras por todo el mundo con la finalidad de venderlas y destinar, todo lo ganado, a las muchas fundaciones que auspicia, patrocina y preside. Están dedicadas a la nutrición, salud y educación de niños enfermos y desafortunados de todo el planeta.


Su esposo, Karl, Duque de Württemberg, nació el 1 de agosto de 1936, en Friedrichshafen, en el estado alemán de Baden-Württemberg. A raíz de la renuncia de su hermano mayor, Luis, se convirtió en Jefe de la Casa Real de este estado. Se doctoró en Leyes y, desde siempre, se ha dedicado al mundo empresarial y a la administración del amplio patrimonio familiar. Su hobby preferido ha sido la fotografía y se caracteriza por su defensa y conservación de la fauna y vegetación de los grandes bosques que han formado parte de sus propiedades. Actualmente, a sus 71 y 75 años, respectivamente, viven entre Alemania y Mallorca, donde hace más de 30 años que pasan gran parte de su tiempo, en su residencia de Esporles.

Las imágenes que ilustran la presencia de los Duques en la antigua playa santacrucera las he escaneado de la entrevista concedida a Vicente Borges y de la cual conservo un ejemplar del miércoles, 28 de Septiembre de 1960. No en balde era mi padre y, en gran cantidad de ocasiones, disfruté del privilegio de acompañarle a muchas de sus entrevistas, aunque, esta vez, me la perdí. En dos de esas imágenes, se puede observar, como fondo, el roque de San Andrés, sin las numerosas viviendas que hoy trepan por él. La foto en color muestra al matrimonio en la actualidad y, como todos los mortales, el tiempo también ha pasado por ellos y ha dejado las huellas de las canas, las arrugas y el sobrepeso. Sus muchos títulos nobiliarios, su gran patrimonio y sus posesiones no les han librado de nada.

lunes, 3 de septiembre de 2012

¿Parques infantiles? Sí, por favor

Suele pasar que los seres humanos nos mostremos más sensibles con determinados temas o asuntos, cuando los disfrutamos o los sufrimos en propias carnes. Digo esto por ser una adulta con mucha presencia infantil en la familia y que no huye de ella. Todo lo contrario: la busca para ir al cine, salir de paseo o llevarla a algún parque infantil. Después de más de cuarenta años practicando esta encantadora, divertida y, - a veces -, agotadora costumbre, se puede decir que tengo bastante experiencia en estas lides, lo que me da cierta perspectiva para valorar y opinar sobre la calidad y adecuación, en particular, de los espacios destinados al juego de los más pequeños. 

En Santa Cruz de Tenerife, capital de la provincia canaria del mismo nombre, existe una red de recintos públicos que bajo el distintivo de infantiles, pretenden ser zonas habilitadas para las actividades lúdicas que deben formar parte del desarrollo, sano y normal, de todo niño. Sobre todo, en sus primeros años de vida.

Muy pocos de los antiguos parques han sobrevivido al paso del tiempo, aunque algunos han sido renovados y actualizados. La mayoría son de nueva creación y, supuestamente, bajo el asesoramiento y diseño de expertos en el tema, aunque en alguno se llegue a dudar. Los más visitados están en el Parque García Sanabria, donde siempre lo hubo, pero en distintas ubicaciones; en la Alameda del Duque de Santa Elena, junto a la remozada Plaza de España, y en el Parque Secundino Delgado, en la calle del Perdón (antigua General Goded), del barrio de Salamanca. La red más solicitada se completa con un mínimo reducto recientemente instalado en el interior de la Plaza del Príncipe, con pequeño tren incluido; otro, en la plaza del Residencial Anaga, rodeado por varios edificios de aquella zona; uno más, en la Plaza de Fátima, en el Barrio del Uruguay, y dos o tres aparatos diseñados para los más pequeños, en algunos tramos intermedios de la Rambla de Santa Cruz (antigua Rambla del General Franco). Hecho este recuento de los lugares más visitados, analicemos los pros y los contras de cada uno, desde el punto de vista de ciudadana contribuyente y asidua acompañante de menores usuarios.


El del García Sanabria es el que cuenta con mayor número y variedad de aparatos adecuados y bastante seguros para los más menudos, entendiendo por éstos desde los que aún gatean hasta los de cuatro o cinco años. En la Alameda del Duque de Santa Elena son bien pocos los elementos de juego, aunque estén bastante demandados por niños y padres y a pesar del riesgo de la proximidad de vías de intensa circulación de vehículos. Los inconvenientes de estos dos lugares son: primero, la arena, que hace que los críos la lleven con ellos, hasta el momento del baño, en ojos, boca y nariz y por mucho que sacudamos su calzado, sus ropas y sus juguetes; segundo, la dificultad para aparcar en sus alrededores. No todos los que acuden allí son vecinos del entorno. Proceden de otros puntos de la ciudad que carecen de este tipo de entretenimiento y han de desplazarse hasta ellos en sus propios vehículos. Sólo se cuenta con aparcamientos cerrados y privados cuyas tarifas son abusivas y no todas las economías familiares (y menos en estos tiempos) pueden permitírselo.

El parque Secundino Delgado es un caso aparte y merece un análisis más detallado. Ha hecho correr torrentes de tinta. Sorprendentemente, en él se ha ignorado al sector más pequeño e indefenso de los menores. Los aparatos que tiene sólo comportan peligro para esta franja infantil que, curiosa paradoja, es la de asistencia más fiel y numerosa. Para comprobarlo, no hay más que pasar por allí, después de las 5 de cada tarde laborable y en cualquier momento de los festivos. Ocupa un espacio muy amplio, con paseos y jardines muy agradables para sentarse a charlar, leer o simplemente contemplar el entorno. Pero, aún contando con esos privilegios, no existen esos juegos para los más pequeños ni tampoco baños adecuados para ellos, ni para nadie. Los familiares que les acompañan suelen quejarse de estas carencias que, por otra parte, vienen haciéndose, prácticamente, desde su inauguración, hace ya más de tres años. A todos estos agravantes también hay que añadir el de la precariedad para aparcar que es, incluso, peor que los antes mencionados, porque no existe, ni siquiera, la posibilidad de los parkings privados. 

Del resto de recintos nombrados, destaco la ubicación y seguridad de la Plaza del Residencial Anaga, bien alejado del siempre peligroso paso de vehículos, aunque muy parco en la instalación de juegos y, como todos, con dificultades para dejar el coche con cierta cercanía. Por el contrario, las virtudes de éste son los riesgos de los dos pequeños trenes estáticos instalados en el tramo de la Rambla que está a la salida de los colegios de aquella zona. Conocido es el tráfico incesante de las vías que la jalonan y, para mí, no representa suficiente seguridad la valla que les rodea ni las jardineras de mayor altura que suplieron, en su última remodelación, a las anteriores. Recuerdo la perplejidad que me produjo descubrir, en su día, la “brillante” idea de plagar de aparatos infantiles gran parte del recorrido de este bello paseo. No existían entonces las jardineras y, mucho menos, las vallas relativamente protectoras. Menos mal que algún responsable municipal posterior y con más sentido común que el de la idea original, debió ordenar lugares más apropiados, dentro de la misma rambla, y con las citadas protecciones. Pero, ni con esto, nunca llevaré allí a cualquier criatura de la que me haga responsable.

No menciono los espacios que poseen algunos barrios del extrarradio, porque su estado de deterioro es tan grande que pueden considerarse inservibles y desaparecidos. A ello han contribuido tanto la falta de civismo de los vándalos de turno que, seguramente, se amparan en la nocturnidad para destrozar todo lo que encuentran por el puro gusto de hacerlo, como a la falta de una mínima vigilancia que contribuya a protegerlos. Como ejemplo más conocido, el que había en el estupendo Parque de las Indias, sito en el barrio de La Salud bajo y próximo a la Avenida de Venezuela.

Para cerrar esta crónica inevitablemente amplia, hacer referencia al artículo “La ciudad de los niños”, publicado por el diario La Opinión, el pasado 18 de Mayo, en el que se dice que el candidato (entonces) y hoy, alcalde ya de Santa Cruz, D. José Manuel Bermúdez, respondiendo a su principio de “cultura de los pequeños detalles”, tiene planeado, para sus cuatro años de mandato, la construcción de 20 nuevos parques infantiles repartidos en los cinco distritos capitalinos. El conjunto estrella del proyecto, según sus declaraciones, será la creación del mayor parque infantil de Canarias, en la futura Ciudad del Mar.
Desde estas modestas líneas, sólo me queda instar al Sr. Bermúdez a que cumpla con su promesa y que yo pueda verlo. Los niños de la ciudad y sus familiares se lo agradeceremos mucho.

(Esta crónica fue publicada en loquepasaentenerife.com el 22 de Junio de 2011 y firmada por Cristo Velázquez, pseudónimo utilizado por la autora de este blog)

domingo, 26 de agosto de 2012

El patrimonio vegetal de Santa Cruz

El término patrimonio proviene del latín patrimonium y se refiere al conjunto de bienes que pertenece a una persona física o jurídica, pero, en un sentido más amplio, se vincula a la herencia y los derechos adquiridos por una comunidad o grupo social concreto. Hablaríamos, en este último caso, de un patrimonio cultural o simbólico. Es a esta acepción del vocablo a la que hoy queremos referirnos, ya que los que somos y vivimos en esta ciudad capital de la provincia occidental canaria hemos heredado - y dejaremos en herencia - las joyas verdes que posee el territorio capitalino. Desde siempre, una de las señas de identidad de Santa Cruz de Tenerife es su amplia y variada vegetación y para ello me baso en el hecho diario de recorrer sus calles y avenidas, ya sea a pie o en vehículo, y observar la presencia constante de toda clase de especies vegetales que van desde árboles de gran tamaño y múltiples especies hasta una amplia diversidad de flores.

Pero, quizá, la prueba irrefutable de esta comprobación cotidiana nos la proporcione un punto de vista lo suficientemente alto y distante como para apreciar los núcleos de mayor concentración vegetal que posee la capital y cómo se reparten a lo largo y ancho de la misma. El lugar elegido es el mirador de Los Campitos, en el monte de Las Mesas, a sólo unos pocos minutos, en coche, desde el centro urbano. Provista, pues, de una cámara con un buen teleobjetivo, inicio el trabajo de campo que me permitirá dejar constancia gráfica de ese inconmensurable patrimonio que hay que proteger y conservar en las debidas condiciones.


Las dos últimas estaciones y lo que va de esta primavera han estado muy escasas en agua y nuestros espacios verdes lo acusan. La práctica ausencia de las beneficiosas lluvias está haciendo estragos en los ejemplares que aparecen en aceras, parques, ramblas y jardines. Tampoco la situación económica permite pagar el riego que garantizaría un desarrollo óptimo de todos ellos y, aunque se contara con los dineros, las reservas acuíferas disponibles aconsejan ser muy austeros en su uso. Todo ello nos da una imagen un tanto apagada y poco habitual de cualquiera de los rincones en los que podemos encontrar y admirar tanta variedad y cantidad de verdes, naranjas, lilas, ocres, amarillos o rojos, aunque todo lo englobemos bajo el predominante: el verde.


Si hacemos un recorrido de izquierda a derecha y tomamos como espina dorsal de referencia  la larga línea generada por la Rambla de Santa Cruz, de Las Asuncionistas y de Los Reyes Católicos, podremos ubicar el resto de lugares que reúnen mayor cantidad de vegetación. El punto de arranque de éstas permite vislumbrar algunos de los impresionantes laureles de la Avenida de Anaga, espectacular hilera verde que transcurre paralela al mar, pero que no se aprecia desde esta atalaya porque queda oculta por una muralla de edificaciones de ocho y diez plantas, construida en primera línea, allá por los años 60-70. Las Ramblas, que tienen una longitud total de casi cuatro kilómetros, tampoco las veremos al completo. Sólo pequeños tramos, porque también las jalonan construcciones de diversas alturas. En el primer tercio de ellas saldrá a nuestro encuentro un trapezoide de más de 67.000 metros cuadrados que lo convierten en el mayor de los pulmones verdes que tiene el gusto de poseer esta ciudad. Es el Parque Municipal García Sanabria, construido en 1926 y objeto de una remodelación importante desde Octubre de 2004 hasta Junio de 2006. Tiene características de jardín botánico, porque muchas de las especies que allí habitan están catalogadas por su condición de ser raras o únicas. Próxima al Parque nos encontramos la Plaza de Weyler, construida en 1893 y con 3.600 m2 de superficie, en la que conviven el omnipresente laurel con arbustos, plantas y flores ornamentales de variados colores.

Si dirigimos la vista hacia el Sur de la capital descubriremos otro reducto verde en medio de enormes edificios. Es el Parque Don Quijote, próximo al estadio Heliodoro Rodríguez López y que en su día fue emblema natural de aquella zona emergente y punto de encuentro para el descanso y la comunicación de sus numerosos habitantes. Más abajo y lindando con el mar, aparece el Palmetum, un jardín botánico especializado en distintas familias de palmeras, que ocupa 12 hectáreas de terreno y en el que se encuentra la mayor colección de Europa de estas especies. Fue construido en 1995 sobre la montaña del Lazareto, un antiguo vertedero clausurado que, poco a poco, se fue acondicionando para transformarlo en espacio de uso público. Fondos europeos y municipales lo hicieron posible y hoy no se explota suficientemente como lugar de ocio y cultura.

Si regresamos a la línea de las ramblas, otearemos el encuentro de ésta con el inicio de la calle de S. Sebastián, y allí, ocupando la gran esquina formada, el Parque Viera y Clavijo. Tiene unos 6.400 m2 de superficie arbolada, se construyó en 1903 y en su interior hay una iglesia neogótica, mandada a edificar por una orden de monjas francesas que fundó el Colegio femenino de la Asunción y que mantuvo su actividad docente entre los años 1905 y 1978. Subiendo en dirección contraria a la vía de S. Sebastián, en la zona media de la Avenida de Bélgica, se llega al otro gran pulmón capitalino: el Parque de La Granja, de factura más reciente y extendido sobre algo más de 64.000 m2. Desde 1976 también conviven en él especies autóctonas, como el drago y la palmera, con otras de procedencia americana, como el nogal, el jacarandá, el flamboyán, el ficus y, cómo no, el laurel de Indias.

La linde norte de este hermoso recinto coincide con otra de las espectaculares ramblas que tiene Santa Cruz, la de Benito Pérez Armas, de la que, al igual que de las demás, no se divisa desde este mirador nada más que parte de las copas de algunos de sus laureles, a la altura de otra arbolada plaza, la de Los Cantos Canarios, antesala de tres de los institutos de Enseñanza Secundaria más antiguos de este municipio. Si nos adentramos visualmente en el Barrio de La Salud, a través de la Avenida de Venezuela, daremos con el Parque de Las Indias en el que 2.200 m2 de terreno cubierto de buen césped y suaves lomas sobreviven al maltrato de algunos incívicos usuarios. En la zona más alejada del mirador, y casi en el límite con el municipio de La Laguna, se aprecia un conjunto de tonos dorados, marrones y verdes correspondientes a unos generosos jardines situados en el barrio de La Salud Alto.

Frente al mirador, en lontananza, se entrevé la fronda más elevada de otros laureles pertenecientes a la rambla más estrecha del municipio, por obra y gracia del tranvía metropolitano, la de los Príncipes de España, en el populoso distrito de Ofra. Su recorrido comienza en la confluencia con la carretera del Rosario y termina en la conexión con el barrio lagunero de Taco. Como núcleos verdes opuestos a los dos anteriores y, por lo tanto, casi al pie de la atalaya, es fácil localizar el de la plaza del Sagrado Corazón, en la calle Horacio Nelson, en la que se ubica, desde 1977, la parroquia del mismo nombre y, un poco más arriba, el del Parque Secundino González, celosamente protegido por los vecinos del barrio de Salamanca, sabedores del valor que posee un espacio natural tan exclusivo como ese.

Éstas son, en una primera ronda de búsqueda visual, las joyas verdes más extensas esparcidas por el mapa capitalino. Pero hay muchas más que no podemos divisar desde este envidiable punto de mira. Sirvan como ejemplos todas las calles, anchas o estrechas, cuyas aceras están arboladas; los magníficos núcleos de vegetación que se emplazan en las urbanizaciones y zonas residenciales de la ciudad; los jardines de Ofra; los jardines privados; las palmeras, falsos pimenteros, adelfas, flamboyanes y uvas de mar que jalonan carreteras, como la de Valleseco hacia San Andrés; los hermosos laureles que envuelven aquel barrio marinero; los que abren el camino hacia el barrio de María Jiménez; los flamboyanes y palmeras de Las Teresitas... Pero, por contra, este extraordinario patrimonio también ha sufrido heridas irreparables con la tala indiscriminada de ejemplares que nunca debieron desaparecer.

Como muestra de algunos de los casos de esta indeseable práctica, una de las más sangrantes: la desaparición de todos los jacarandás de la calle Ramón Gil- Roldán y la de todos los tuliperos del Gabón que proporcionaban una beneficiosa sombra a quienes transitaban por la de Obispo Pérez Cáceres. Ambas en el señero barrio del Uruguay, cuando se procedió a su Plan de Embellecimiento y Mejora (¡qué ironía!) y se prescindió, incluso, de las pocetas necesarias para una posterior repoblación. Menos mal que sus vecinos reaccionaron y, después de manifestarse donde hiciera falta, lograron que se practicaran huecos en las nuevas aceras y se plantaran unos arbustos que, hoy, no protegen del sol a los que pasan por allí y sólo decoran.

Nuestra esperanza de que todo el patrimonio vegetal que hoy poseemos no se vea mermado por la intervención humana estriba en la sensibilidad y cultura que manifiesten los que dirigen y dirijan a esta atractiva ciudad. Sensibilidad para saber protegerlo y conservarlo. Cultura para saber que, mientras ese patrimonio exista, también existirá la vida. La de los que aún estamos aquí y la de los que vienen detrás.

(Esta crónica fue publicada en loquepasaentenerife.com el 12 de Junio de este año.)


domingo, 19 de agosto de 2012

Buganvillas: explosión de colores

Hay rincones de esta ciudad, dispares y distantes, que son un auténtico placer para la vista por sus magníficos estallidos de colores. Recorrerla a pie o en coche, en estos días de suaves temperaturas y luz radiante, es ir encontrando, por donde uno menos se lo espera, maravillas naturales que cuelgan o se extienden por pérgolas y paredes cuidadas, muros desvencijados o tierras resecas. 

La protagonista de este regalo para la vista y para el espíritu, es una diminuta y modesta flor blanca, rodeada de hojas modificadas que los especialistas llaman brácteas y que son las que se manifiestan a través de un abanico de colores tal, que va desde el blanco, pasando por varios matices de rojos y violetas, hasta un delicado amarillo que parece oro pulido. Forma parte de una planta trepadora, cuyo tronco y ramas poseen espinas, su nombre procede del apellido del militar francés, Louis de Bougainville, que la descubrió en el Brasil, mediado el siglo XVIII, y es originaria de América del Sur. El viento y las heladas son sus enemigos, mientras que al calor seco lo resiste con bastante dignidad. Su hábitat preferido es el propio de climas benignos y como más a gusto se encuentra y mejor se desarrolla es cuando está protegida de los ataques del dios Eolo. Aunque estas mínimas condiciones para salir adelante nos hagan pensar en una planta delicada y frágil, resulta ser fuerte y sufrida allí donde no cuente con ellas, y lucha y se empeña en hacerse más grande y frondosa, a pesar de momentos inclementes que poco la ayudan. 

Esas bellísimas enredaderas, -como solemos llamarlas los profanos-, podemos disfrutarlas en las lujosas viviendas de las calles que llevan nombres de ilustres científicos, como las del Doctor Marañón, Doctor Zerolo, Doctor Pasteur, o en la del Camino Oliver, todas ellas en la zona media de Santa Cruz. Más arriba, junto a la subida al barrio Cuesta de Piedra, sobre el muro que limita un gran solar, sobrevive dignamente una maraña carmesí intenso, que saluda a todo conductor que pasa muy cerca de ella. Un poco más allá, próxima a la Vuelta de los Pájaros, está la calle Francisco Pizarro. Allí, en una antigua casa clausurada hace pocos años por haber estado ocupada ilegalmente y en la que se produjeron varios conatos de incendio, florece una llamarada roja-naranja que hace olvidar el desastre sobre el que se expande libremente y semeja una prolongación de aquellos fuegos. 

Dos clásicos de estas alegrías para la vista son las que existen en la playa de Las Teresitas, desde tiempo inmemorial, y en la carretera de San Andrés, a la altura de María Jiménez. La primera, surge y se extiende, cada vez más, como una hermosa alfombra violeta pálido sobre un aparente suelo yermo y pedregoso, capaz de mantenerla con vida, años y años. La segunda, corona un largo muro que separa unos jardines con su vivienda, de la vía de regreso del barrio marinero de San Andrés. A pesar de su cercanía al paso continuo de vehículos y la correspondiente polución, sus brácteas rojo bermellón y rojo cadmio siguen tan campantes como siempre. Es probable que quien pasa con frecuencia por allí, ya no repare en su presencia, pero hay momentos de los días más luminosos en que es imposible ignorar su presencia. Sin duda, recibe los cuidados necesarios para que no sea un obstáculo para la circulación y pueda continuar allí para disfrute de los que quieran apreciar su belleza. 
Sirvan estas muestras citadas, como ejemplo de la que es una de las plantas más representativas y frecuentes en cualquier lugar de nuestras islas, no sólo de esta ciudad de Santa Cruz de Tenerife. Allá donde la benignidad de las temperaturas y la suave brisa acompañen, allí encontraremos explosiones de colores que, como lamparillas encendidas, penden de cualquier muro o pared. No en balde, han sido, y siguen siendo, inspiración para los buenos pintores paisajistas que también abundan por estas tierras. Acuarelistas ilustres como D. Francisco Bonnín Guerín o D. Antonio González Suárez fueron maestros en esta técnica y en este tema. Raros son la casa, la calle o el patio canario que representaran, en los que no aparecieran estas bellas enredaderas. Extraño, también, concebir un paseo por muchos lugares de estos territorios isleños sin que nos encontremos con estas pequeñas, o grandes, cataratas vegetales adornando casas, calles, patios y jardines, y alegrándonos la vista y el espíritu. 

(Esta crónica fue publicada en loquepasaentenerife.com el 17 de Enero de este año. Hoy, después de un invierno muy seco y un verano que lo está siendo también, muchos de los ejemplares descritos han perdido sus flores. Sólo quedan las ramas esperando que las condiciones climáticas sean más benignas, para volver a regalarnos su esplendor habitual) 

jueves, 16 de agosto de 2012

Cambio de imagen

Esta entrada de hoy no va de paseos, sino de explicaciones y agradecimientos. Lo primero, para justificar la nueva cabecera que presidirá este blog, y lo segundo, porque de bien nacidos es ser agradecidos y yo quiero pertenecer a éstos. Entremos, sin más tardanza, en detalles. 
Atendiendo a la estupenda idea que, hace unas pocas fechas, me sugirieron dos excelentes colegas en situación de jubilosos jubilados -como yo-, y blogueros de calidad -donde los haya-, hoy pongo en marcha su propuesta y aquí encabezo mi bitácora chicharrera con una imagen que tengo la esperanza de que responda a lo que me describieron. 
Reitero que la buena idea es de ellos y la ejecución, de quien esto les cuenta, que, cual Dora, la Exploradora - más talludita y espigada que el celebrado personaje infantil -, me contemplo escudriñando, con mi lupa, lo mejor y lo peor -desde mi punto de vista- de un plano de Santa Cruz, amplio y detallado. Y para que quede constancia de lo que se escudriña, que no falte la cámara fotográfica. 
Desde aquí, pues, agradecer a Lolina y a Melchor que hayan tenido la deferencia de hacerme partícipe de cómo me visualizan, cuando me acompañan en estos recorridos, y proponerme que lo convirtiera en imagen de presentación. También, de que sean dos seguidores asiduos de estos paseos - lo cual es un honor para mí -, y, por último, pedirles disculpas si no he sabido materializarlo mejor. En todo caso, cuando me expusieron su idea, me resultó muy ocurrente, simpática y expresiva, y después de madurarla unos días, me atreví a darle forma y aquí está el resultado que, con mejor o peor fortuna, he conseguido. Gracias, una vez más, estimados amigos, y hasta un próximo encuentro.

viernes, 10 de agosto de 2012

Ya florecen los flamboyanes

La ciudad se incendia poco a poco. Un rojo anaranjado intenso llamea sobre un verde brillante logrando el más saturado de los contrastes. Es una llamarada inofensiva que inunda calles, jardines, paseos y parques, y que supone un disfrute para la vista y el espíritu. Santa Cruz de Tenerife ya retiró la suave alfombra malva que dejaron las efímeras flores de los jacarandás y, en su lugar, se van encendiendo las copas de los innumerables flamboyanes que proclaman la llegada del verano. Por donde quiera que se transite, encontraremos ejemplares, en solitario o agrupados, que ya muestran la plenitud de su floración o están en un tímido inicio de conseguirlo.
A pesar de la gran falta de agua que nos acompañó en las estaciones precedentes, esta maravilla natural ha sabido superar la sequía pertinaz y, agradecida por las cuatro gotas que cayeron, comienza a lucirse esplendente y con una fuerza inusitada. Es una especie originaria de la mayor de las islas africanas, Madagascar - aunque allí se está extinguiendo -, pero que se ha adaptado a zonas del mundo tan diversas como todo el continente americano, el sur de Asia, África y Oceanía. Desde la Florida, Hawaii o Puerto Rico, pasando por Méjico, Venezuela y el Caribe, hasta la India, Australia y Canarias, este árbol de silueta que sugiere una sombrilla por lo esbelto de su tronco y la amplitud de su follaje, recibe nombres tan variopintos como chivato, acacia roja o árbol de lumbre, además del más habitual: el españolizado flamboyán o el genuino francés, flamboyant, que, en una traducción bastante libre, quiere decir flameante, que flamea.

Su denominación científica es Delonix regia y puede llegar a medir hasta 12 metros de altura, aunque la media suele ser de 8. Posee una copa de planta casi circular muy extensa y frondosa, apreciada por la enorme sombra que proyecta y en la que habitan sus flores de cuatro grandes pétalos rojos y un quinto, moteado de amarillo y blanco. No cabe duda de que es un árbol diseñado por la Naturaleza para protegernos del sol y el calor que acompaña a los veranos de lugares con clima tropical o subtropical y, por estas latitudes, tenemos el privilegio de disfrutarlo a lo largo y ancho de todo el archipiélago.
La presencia de la luz solar de las últimas semanas, unida a la suavidad de las temperaturas, está propiciando la espectacular explosión de los ejemplares situados en la Rambla de las Tinajas y sus vecinos del Parque García Sanabria; los de las plazas del Barrio de La Salud; los de muchos jardines privados, los de la calle Horacio Nelson y los del Residencial Anaga. Los ubicados en el litoral más próximo, el de Valleseco, ya están despertando y los de Las Teresitas comienzan a cumplir con su papel protector y beneficioso, además de aportar unos cuantos quilates de belleza a un lugar que la va perdiendo, por desgracia, a pasos agigantados.
A poco que estemos atentos y observemos el entorno, cada día más y por los rincones más insólitos de la capital, nos iremos encontrando con estos prodigios que, con su vital colorido, nos anuncian indefectiblemente, la llegada del estío. 

(Esta crónica fue publicada en loquepasaentenerife.com el pasado 1 de Julio de este mismo año)

lunes, 6 de agosto de 2012

Y ahora, los jacarandás...

Cada estación del año tiene sus encantos, sus árboles, sus plantas y sus flores. En una breve crónica publicada el pasado verano, en esta misma plataforma, hablamos de la belleza de varios especímenes repartidos por nuestra capital y hoy, con una primavera que transcurre con las alteraciones climatológicas que le son propias, queremos destacar la presencia de otra de las especies que más abundan por estas latitudes, en estas fechas: los jacarandás.

No ha llovido todo lo que era de esperar durante el invierno. Sólo ha venido a caer un poco de agua en los últimos días y esta tierra fértil que nos rodea, agradecida, ya deja ver alguno de sus regalos. Sin ir más lejos, esta ciudad capital de provincia se ha visto salpicada, en muchos de sus rincones, por las diminutas flores del esbelto jacarandá. Ya aparecen nuestros jardines, aceras y calles alfombrados por cientos de pequeñas campanillas malvas, que, al más mínimo alisio, se desprenden y caen mansamente, de las finas y largas ramas de este árbol oriundo de la América subtropical. Según los expertos, el nombre de jacarandá tiene etimología guaraní y significa fragante y la que abunda por aquí pertenece al grupo de las mimosifolia, término proveniente del latín que se traduce por hojas parecidas a las de una mimosa. Los jacarandás o jacarandas, como también se les llama, pueden alcanzar alturas entre 6 y 9 m. y sus copas, poco frondosas, suelen extenderse en un área circular de unos 5 o 6 m. de diámetro, siendo muy llamativas sus flores y sus frutos. Las primeras, por su intenso color malva o azul violeta claro y los segundos, por su calidad de leñosos, planos y con forma de castañuelas. La madera de su tronco es muy apreciada en el mundo de la carpintería de interiores.


Es fácil encontrarlos en cualquier rincón de la ciudad y sus copas floreadas destacan claramente sobre las verdes de los laureles o las palmeras, mostrando una asociación cromática muy bella y de efectos relajantes para quien las observe. Calles como el tramo más bajo de Ramón y Cajal o la de Góngora, que limita uno de los laterales del Parque D. Quijote; la de Méndez Núñez, a partir del Parque García Sanabria y hasta su confluencia con la Rambla de Santa Cruz, en la que forman un espectacular techo natural con forma de arco en ojiva, o la propia Rambla a la altura de Horacio Nelson muestran magníficos ejemplares en esta zona intermedia de la capital.
También se pueden disfrutar en la Carretera General que une a Santa Cruz con La Laguna, en la curva de las Dominicas y, más arriba, en el distrito de Ofra, son muy llamativos los de la calle de Elías Bacallado y los pocas que quedan al final de la de Santa María Soledad. Hasta hace un par de años, esta vía ofrecía, de extremo a extremo, una extraordinaria sucesión de jacarandás, en cada una de sus aceras, y, una vez más, el voraz imperio del vehículo rodado impuso su ley y obligó a reducir el ancho de las mismas. Con esa obra desapareció la casi totalidad de aquella excelente muestra y, con ella, un reducto de gran valor en la zona más alta del municipio chicharrero. Quizá, habría que demandar de quienes dicen dedicarse a la cosa pública municipal para mejorar el bienestar de quienes aquí vivimos, que esta indeseable situación no vuelva a repetirse y que, muy al contrario, los jacarandás se cuiden y se protejan, allí donde hoy se les puede admirar. A los jacarandás y a cualquier otra clase de árboles. No en vano, mientras ellos estén, también estará la vida.

(Esta crónica fue publicada en loquepasaentenerife.com, el pasado 30 de Abril de este mismo año)