Lupa en mano y cámara en ristre, paseando por lo mejor y lo peor de la ciudad
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miércoles, 17 de abril de 2013

Cuando la reja es bella

Siempre, pero más aún en los tiempos que corren, el término reja se asocia a una serie de connotaciones que no están, precisamente, relacionadas con la Belleza. Según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, en una de sus acepciones dice que es un conjunto de barrotes metálicos o de madera, de varias formas y figuras, y convenientemente enlazados, que se ponen en las ventanas y otras aberturas de los muros, para seguridad o adorno. Un sinónimo de la reja es la verja, aunque ésta, siendo precisos, se refiera a lo que se entiende por una cerca. 
Al arte de construir rejas se le llama rejería y es, sin duda, una de las actividades artísticas más importantes del trabajo del hierro y en el que se incluyen desde las verjas que cierran capillas y coros en los edificios religiosos, hasta las que lo hacen en la arquitectura civil, además de las que aparecen en balcones y vanos de las fachadas. La rejería, al igual que las demás artes decorativas, participa de la evolución de los estilos artísticos de cada época y, según éstos, se han ido configurando los barrotes y, por extensión las rejas. 
Las más elementales y primarias se dieron en el Románico, allá por los siglos XI, XII y gran parte del XIII. Por contra, es en el XVII y muchos años del XVIII cuando el Barroco ofrece los diseños más recargados y ostentosos, con más peso ornamental. A finales del XIX y el primer tercio del XX, el predominio de la forja en hierro, para la rejería modernista, dejó magníficos ejemplos cuyas líneas ovaloides y blandas sustentan motivos vegetales y animales de gran fantasía. 

En nuestra ciudad abundan las rejas por donde quiera que nos movamos. Sobre todo, formando parte destacada de los balcones. Siendo, incluso, su principal protagonista. La inmensa mayoría no tiene pedigrí histórico alguno, por razones obvias, aunque en unas pocas existe la inspiración modernista que llegó hasta nuestra tierra y dejó excelentes ejemplares, como el de la cancela que preside el acceso al palacete que ocupa la esquina formada por la Rambla de Santa Cruz y la calle del General Ramos Serrano. Otras cancelas espectaculares y de diseño vanguardista, a todas luces, son las que dan paso a los centros educativos de El Chapatal, situados en la calle Unamuno, la cual desemboca en la misma Rambla. En su día, fueron muy controvertidas, sobre todo, porque no se está acostumbrado a ver y aceptar este tipo de manifestaciones tan extremas y sin aparente catalogación artístico-estética. 
En el apartado de los balcones - y permitiéndome la licencia de considerarlas balaustrada de los mismos -, es en el que podemos admirar una gran variedad de rejas, que van desde las más básicas y minimalistas hasta las más exuberantes y artísticas. Una minoría es de forja y la mayoría, de barras o tubos metálicos ensamblados. En cuanto a su estado de conservación se refiere, las hay de factura reciente y, por lo tanto, con un aspecto inmejorable, mientras que algunas más antiguas y ubicadas en inmuebles, incluso deshabitados, hablan del paso del tiempo a través de su evidente deterioro. Los principios geométricos del paralelismo y de la tangencia están presentes en casi todas. Dentro de la segunda, hay ejemplos muy bellos de tangencias de curvas con curvas y de curvas con rectas, adornados, con frecuencia, por pequeños elementos vegetales que contribuyen a un resultado más rico e interesante. También las hay con el trazado infinito de las espirales y, asimismo, con formas geométricas cerradas, que se inscriben o circunscriben, a su vez, en otras de distinta morfología. En general, ofrecen entrelazados muy armónicos y equilibrados, que contribuyen a enriquecer las fachadas de las edificaciones de las que forman parte. 
Las fotografías son, en esta entrada, lo más fundamental. Sin ellas, difícilmente podría hacerles comprender cuánta belleza puede llegar a mostrar este elemento que, además de significar seguridad, representa un añadido ornamental de mucho valor. Dispongo de más de una treintena, pero incorporarlas todas entraña una dificultad técnica para la estructura de la página y, también, una saturación, por lo que he elegido las que me parecen más valiosas, desde un punto de vista personal, como siempre, y especialmente estético, invitándoles a descubrir muchas más, en cuanto puedan hacerlo. Tampoco hago referencia a las direcciones en que pueden encontrarse, porque no resulta relevante en esta ocasión, dado que proliferan por cualquier rincón de la capital, aunque no me sustraigo a la idea de hacer una mención especial a las de las calles Numancia, Imeldo Serís y Castillo y sus pequeñas aledañas. 
Salir a pasear con la intención de observar y admirar todas las rejas que puedan ir surgiendo a nuestro paso, analizarlas en sus detalles, sus estilos y su euritmia, puede suponer un rato muy divertido, casi lúdico y, sobre todo, un placer para la vista. Cancelas, verjas, balcones o ventanas, llegan a ver realzadas sus líneas cuando les acompañan rejas tan interesantes y hermosas como las que podemos encontrar en muchas edificaciones santacruceras.

miércoles, 13 de marzo de 2013

Fachadas con grado de excelencia

Con este post, deseo iniciar una pequeña serie dedicada a los elementos que conforman cualquier volumen construido para ser habitado. Pretendo pasar, del todo, a las partes. El primero, ya queda cubierto con las entregas destinadas a los que considero más edificios que adefesios o a las casas curiosas que existen en la ciudad y que han sido, en la mayoría de los casos, construcciones aisladas o exentas. Las segundas abren un abanico pormenorizado de todo lo que forma parte de ellas, aunque ya hubo algún adelanto con el de los balcones, a los cuales destaqué como el más interesante de los componentes de un edificio. Ahora le toca a las fachadas y, en particular, a las de casas que no son exentas, que forman parte de una hilera de edificaciones y que, a su vez, configuran las calles, avenidas o paseos. 

Cuando describimos a una persona con buen y cuidado aspecto, solemos decir de ella que tiene "buena fachada". Lo mismo puede ocurrir cuando descubrimos y contemplamos edificaciones que por lo mismo, por la fachada, nos resultan atractivos. Por definición, este término, en su acepción arquitectónica, se aplica al paramento externo de una casa o un edificio que, además, suele ser el más importante, el que reúne los elementos más interesantes y que más los definen e identifican. 

Santa Cruz, como muchas ciudades de este archipiélago o de cualquier otro rincón del mundo, posee construcciones cuyas fachadas llegan a ser distinguidas, curiosas, originales o llamativas y, como siempre, vuelvo a hacer uso de mi punto de vista personal, o gusto estético, (como ustedes deseen considerarlo) y traigo a esta entrada unos cuantos ejemplos, diseminados por el mapa capitalino, de lo que considero una fachada con calidad. También, como siempre, los únicos criterios de elección han sido el de la armonía en las líneas y el color, y el de su buen estado de conservación. Cuando proceda, haré algún comentario que justifique el porqué de su selección, además del lugar en que se encuentran para ayudar a ubicarlas. El refuerzo de las imágenes servirá para apreciarlas con detalle, aunque en algunas ha sido complicado obtener la fotografía correspondiente porque están cubiertas, en alguna medida, por la presencia de árboles, farolas, señales de circulación vial, rótulos, vallas publicitarias o cualquier otro impedimento que obstaculiza la consecución de la foto. 

Las más insólitas suelen estar en las vías más estrechas e insospechadas, mientras que las más eclécticas pertenecen a lo que puede considerarse el núcleo más céntrico de la capital, con calles más anchas e iluminadas. La zona más baja ofrece las más antiguas, pero no por ello, peor conservadas. Muchas pertenecen a edificaciones que ya no están habitadas y que se han puesto a la venta, aunque todavía el paso del tiempo no las ha perjudicado. En las de construcción más reciente, no abundan fachadas de interés, quizá porque lo que prima sea despersonalizar y economizar, al máximo, el exterior de los edificios. 

Las estructuras van desde las simétricas absolutas (Costa y Grijalba, 3; Castillo, 25 y 38;  Imeldo Serís, 57 y 73; Zurbarán, 21), pasando por las que lo son en cualquiera de sus plantas, salvo en la baja (Jesús y María, 7; Rbla.Pulido esq. Álvarez de Lugo), hasta las que responden a una asimetría total (Afilarmónica Nifú Nifá, 4). Algunas se presentan con abundancia de balcones, mientras que otras distribuyen sus huecos en torno a una sola balconada. Las más modernas incorporan nuevas texturas, gracias a la oferta de hormigones de grano y color muy diversos. Más de una, de las más antiguas, es sólo la carta de presentación que se apoya en un edificio moderno levantado detrás de ella, porque la ley así lo estipula al ser catalogada de bien cultural que no puede desaparecer (Imeldo Serís, 57). 

Antes de acabar, quiero hacer una mención especial a una fachada muy peculiar, que se encuentra en el número 64 de la calle Serrano, y que he elegido por las pinturas, a modo de grafittis, que la decoran. Está llena de símbolos alusivos a lo canario y con una expresión plástica influenciada por el surrealismo de Óscar Domínguez. Debe ser un lugar para actividades culturales alternativas de toda índole, por lo que se anuncia en una especie de programa de actuaciones colgado junto a la puerta de acceso: talleres artísticos, exposiciones, actuaciones musicales, deportivas, etc. 

Benavides, María Cristina, Serrano, Rambla de Pulido, Imeldo Serís, Manuel Verdugo, Pintor Ribera, Buenaventura Bonnet, Castillo y otras muchas vías santacruceras, nos ofrecen interesantes muestras de estos paramentos frontales que, quizá, nunca pasen a formar parte de un catálogo oficial y bendecido por la comisión de turno, pero que poseen el encanto de dar sentido a los paseos que emprendamos por esas y otras calles, admirando y disfrutando las cualidades que esas fachadas ofrecen a nuestros ojos y a nuestros espíritus. Son una buena razón para que salgamos y nos encontremos con ellas.

martes, 26 de febrero de 2013

Un mural cerca del mar

Existe en Santa Cruz un único lugar en el que los bárbaros "ensuciaparedes", (como llama un buen amigo a los graffiteros que afean y destruyen la belleza de objetos y rincones), no han dejado huella de su mal paso por aquel punto capitalino. Más curiosa resulta aún, esa consideración, cuando se accede fácilmente y no suele estar muy concurrido por personas y/o vehículos, en determinadas épocas del año. Y más sorprendente aún, cuando lo que allí hay son, precisamente, pequeñas pinturas realizadas por otros aficionados o profesionales del muralismo, muy diferentes de esos habituales desaprensivos tan dados a estropear lo que han hecho los que llegaron primero. Paso a ubicar ese insólito lugar que permanece milagrosamente limpio de la lamentable intervención de estos depredadores del buen gusto y del respeto por lo que es de todos. 
Se encuentra en la pequeña playa que está situada entre el Real Club Náutico y la antigua estación del Jet Foil, en el llamado Muelle de Ribera y es una larga pared en la que aparecen pintados una serie de retratos de los componentes más destacados de la Selección nacional de fútbol, que ganó el Campeonato del Mundo, en 2010. Intercalados y sin relación alguna con el tema deportivo, se reproducen algunos barcos históricos de estas latitudes, además de una Virgen del Carmen, en procesión, y el retrato del capitán del desaparecido Titanic, como detalle foráneo relacionado con lo marino. El tinerfeño Pedro Rodríguez, Casillas, Iniesta, el pulpo Paul, Vicente del Bosque o Pujol se ven acompañados del viejo correíllo La Palma, la Virgen del Carmen, patrona de los mares, el atunero Gofio o el capitán Edward John Smith. 
Son trabajos sin gran calidad artística, pero de factura digna, que pueden estar realizados por quien firma con una c y una r, similares a las de las piedras con retratos de músicos que podemos ver en Valleseco y en los alrededores del Auditorio y que, muy probablemente, sea el mismo autor. Ya hayan sido pintados por encargo, ya por iniciativa propia, vienen a representar una especie de homenaje a los protagonistas que allí se muestran, y reitero que llaman la atención, sobre todo, por esa ausencia de manos ajenas que degraden o destruyan la labor de quien quiso manifestar su admiración por un deporte determinado y por el mar. 
A esa feliz ausencia de maltrato gráfico, se contrapone el feo aspecto del terreno sobre el que se asienta esta pared. Es el cauce de la desembocadura al mar de un barranco por el que desaguan las lluvias que proceden de la parte alta de esa zona de la ciudad y, como consecuencia propia de estos accidentes geográficos, aparece lleno de arena oscura de grano grueso, ramas de árboles, pequeñas piedras, el armazón de algún artilugio mecánico, mucha bolsa plástica y matorrales de diversos tamaños. Pedir que se adecente el lugar con la limpieza adecuada, para mejorar la presencia de esta manifestación mural no parece procedente, dadas sus características naturales, pero no sería demasiado pretender que, por lo menos, se retiraran los objetos ajenos a esa naturaleza y que no son otros que los restos metálicos y plásticos. 
La ciudad ofrece muchísimas paredes, repartidas a lo largo y ancho de su mapa, con graffitis de mucha calidad en la mayoría de los casos, pero también es frecuente que se acompañen de entornos muy degradados por la falta de cuidado y mantenimiento de las condiciones idóneas para su disfrute. Los ciudadanos que viven cerca de ellos, los que están de paso o los que se sientan interesados por visitarlos y admirarlos merecen que las autoridades velen por su buen estado y que los "ensuciaparedes" vayan desapareciendo, a través del único medio posible: el de la educación desde las familias y desde las aulas. Una educación que, entre otros muchos aspectos, transmita respeto por las manifestaciones artísticas de todo tipo y en todo lugar, y, sobre todo, respeto por quienes son sus autores, que, con su arte, procuran crear espacios urbanos más agradables y más acogedores para los que aquí vivimos y para los que nos visitan.

lunes, 14 de enero de 2013

El balcón, elemento arquitectónico en desuso

Entre los elementos que conforman un edificio, quizá sea el balcón - si está entre ellos - el que más pueda llamar la atención e identificarlo. Pero antes sería conveniente saber, de modo preciso, lo que es un balcón. El diccionario de la RAE lo define como un hueco abierto al exterior, desde el suelo de la habitación, con barandilla por lo común saliente. 
A esta básica descripción responden todos los elegidos, aunque algunos se enriquecen con la inclusión de ventanales de cristal que protegen a la vivienda del viento, el polvo, el ruido y la polución de la calle. Los hay con barandilla de hierro forjado, que ofrecen laboriosos diseños. También de mampostería combinada con metal o con balaustres de piedra o de escayola, más o menos artísticos. Asimismo, se pueden ver unos cuantos realizados en buena madera y reproduciendo el modelo del balcón típico canario. Otros se inspiran en las elegantes líneas británicas de la época victoriana. Y algunos, los menos, muestran macetas con flores y plantas que aportan una nota de color al paisaje urbano y representan uno de los usos más frecuentes del balcón, en épocas pasadas. 
En esta entrada de hoy me gustaría destacar algunos de los numerosos balcones interesantes que hay en nuestra ciudad. Pero no a los oficiales, a los que disponen de pedigrí clasificado e historiografiado. A esos los conoce cualquier aficionado a la arquitectura urbana local. Mi deseo concreto es describir y mostrar, a través de las imágenes, algunos ejemplares que, siempre bajo mi personal punto de vista estético, pueden ser dignos de admirarse a poco que levantemos la vista y los descubramos. 
Desde hace ya bastante tiempo, las nuevas construcciones han ido eliminando la presencia de este elemento arquitectónico que, antiguamente, cubría un papel fundamentalmente social. Las ciudades eran más pequeñas y, por extensión, sus barrios también. Sus habitantes se conocían y se relacionaban mucho más de lo que se hace actualmente y el balcón servía, por ejemplo, de escaparate de las jóvenes casaderas, a las cuales saludaban o daban una serenata, desde la calle, sus coetáneos pretendientes. Un componente de las fachadas para ver y ser vistos. También, para sentarse, charlar con los vecinos más próximos y disfrutar del buen tiempo que suele hacer por estas tierras todo el año. Otra finalidad ha sido la de engalanarlos con flores y plantas de todo tipo y alegrar la vista de quienes los contemplaban. Igualmente, para disfrutar de las procesiones, cabalgatas y toda clase de desfiles que transcurrieran por las vías de los pueblos y ciudades. 
Desde ellos, tanto se cantaba una sentida saeta en Semana Santa como se proclamaba el pregón de cualquier festejo. Aún hoy, estas costumbres se mantienen en algunos lugares y a ellas se han añadido los homenajes a las glorias alcanzadas por nuestros deportistas más destacados, que se asoman a los balcones de los ayuntamientos para recibir el aplauso y la admiración de vecinos y seguidores enfervorecidos. Los líderes religiosos y los representantes de las realezas también usan el balcón como tribuna para comunicarse con sus fieles y simpatizantes. 

Desde que las ciudades aumentaron su superficie y el número de sus habitantes, la presencia de este aditamento constructivo ha ido desapareciendo paulatinamente. Los edificios también han crecido en altura y sólo ofrecen fachadas exentas de estos salientes tan útiles y tan celebrados en otros tiempos. Hoy la comunicación y las relaciones personales responden a otros criterios, a otros patrones y a otros instrumentos, por lo que la razón de ser del balcón ya no tiene mucho sentido. Ni siquiera como elemento simplemente decorativo.En Santa Cruz, aún existen muchísimos por cualquier rincón de la ciudad pero, como muestra representativa de todos ellos, vayan los escogidos por mí y, reitero, siempre bajo mi personal punto de vista. 
Me gustaría comenzar haciendo una especial mención a la calle Numancia, en el barrio de Los Hoteles, porque reúne tal variedad de balcones, que no se repite en ninguna otra y es digna de recorrerse desde la Rambla 25 de Julio hasta la plaza de Ireneo González, para disfrutar de todos ellos. 
También en la de Méndez Núñez se pueden observar verdaderas joyas en los números 9, 19, 38 y 46, todos acristalados y con artísticos remates geométricos. Lo mismo ocurre con las de El Castillo e Imeldo Serís, de las que destaco los de la Casa Elder, en la zona alta de la primera calle. Si ascendemos hasta Enrique Wolfson, encontraremos, en su recorrido final, una serie de viviendas de dos plantas con un tipo de balcón similar, pero que se diferencian en sus colores y balaustres. 
A mitad de la misma calle, en el nº 25 , nos encontramos con un especimen de traza racionalista, quizá de los últimos años 30 del s. XX. En el nº 14 de Veremundo Perera, en el barrio del Uruguay, aparece otro ejemplar de la misma factura y época. En ambos casos, responden a un esquema muy simple y modesto, con curva en uno de sus extremos y barandillas de tubos metálicos. De los que se ajustan al diseño canario hay varios salpicados por toda la ciudad, mencionando, por ejemplo, los dos de la calle Icod, del barrio de La Salud, y los de los números 44 y 46 de la Rambla de Benito Pérez Armas, que hacen esquina con Simón Bolívar. 
Junto a estos seleccionados anónimos quiero mencionar algunos ejemplares de los consagrados Entre ellos, el del antiguo palacio de Carta, en la Plaza de la Candelaria; los autóctonos de madera noble que forman parte de las lujosas casonas situadas en la gran esquina formada por la rambla de Benito Pérez Armas y Avenida Islas Canarias (antigua General Mola); algo más arriba, y en esta misma avenida, frente a la Compañía Cervecera, los de otra mansión conocida, popularmente, como "La linda tapada". 
Volviendo al centro de la ciudad, entre la calle Méndez Núñez y la rambla 25 de Julio, son muy hermosos los de otra señera edificación: la que es sede de la Jefatura de Asuntos Económicos militares. Como puede observarse, en los puntos más opuestos de la capital seguimos contando con magníficos supervivientes de este elemento arquitectónico. 
Pero no quiero cerrar esta entrada sin llamar la atención sobre el único modelo de balcón veneciano que, según decía el antiguo propietario de la casa en la que se encuentra, existe en esta ciudad. Está construido en madera pintada de blanco, cubierto por un curioso tejadillo de ángulo muy pronunciado y, como remate, una especie de pináculo meramente decorativo. La barandilla muestra finos balaustres que imitan columnas con arcos de ojiva entrelazados, muy propios del estilo gótico. Forma parte destacada de la vivienda de dos plantas, situada en el nº 9 de la Rambla de Santa Cruz y muy próxima a la confluencia de ésta con la Avenida Islas Canarias, aunque pasa algo desapercibido por la cercanía de las frondosas copas de los laureles de Indias que tiene enfrente. 
Este tema daría para un par de entradas más, pero creo suficiente representación de la calidad y variedad de balcones existentes en esta ciudad, la que hoy he querido compartir con quien pueda interesarse por estos elementos arquitectónicos que aún podemos disfrutar. Ojalá no desaparezcan y se les valore debidamente como un patrimonio urbano más. Que la especulación, la desidia y el desinterés no acaben con ellos.

domingo, 16 de diciembre de 2012

El otro Santa Cruz

Para mí, el otro Santa Cruz es el que no está a la vista fácilmente, el que coincide con parte del subsuelo de la capital. El que se encuentra en los márgenes del curso de nuestros barrancos, en especial, el de Santos. El que, cuando llueve a mares y con fuerza torrencial, ha corrido y sigue corriendo grandes riesgos. El que, probablemente, nació de la perentoria necesidad, de los más desfavorecidos, por buscar un rincón en el que contar con un techo, aún a costa de perderlo todo. El que comenzó siendo un asentamiento de chabolas y, hoy, casi desaparecidas, dan paso a viviendas algo más sólidas y habitables, pero siempre con esa espada damocliana de las escorrentías que pueden debilitar sus cimientos y arrastrar con todo lo que tanto esfuerzo supuso en su momento e, incluso, atentar contra la integridad física de los que allí viven. Es el Santa Cruz más humilde, el que aspira a mejorar cuando se le conceda una vivienda de construcción pública que aleje ese peligro latente y permanente. Es un Santa Cruz diminuto, comparado con el resto de la urbe, pero que existe tanto como el mayor. 




Un sector de ese Santa Cruz podemos verlo - que no admirarlo -, desde el puente del que fuera alcalde de la ciudad, allá por los primeros años 70, el médico y militar, D. Javier de Loño Pérez. Antes de ese puente que, por iniciativa del regidor municipal, se tendió para unir el núcleo urbano con el populoso barrio de La Salud, ya estaba ese poblado ribereño del barranco. Algo más tarde, se asfaltó el Camino a la Ermita, al que se accede por la parte alta del puente y que nos lleva, en descenso, hasta el lecho del barranco. Por un momento, una se siente transportada a un rincón más propio de un plácido bosque que de una ciudad ruidosa y plagada de edificios y vehículos. En aquella época, quedaba más oculto a la mirada de los más curiosos, pero desde la construcción del puente, su existencia quedó a la luz y a la vista de todo el que se asoma a sus barandas. Frente a este remanso de paz, al otro lado del cauce, se descuelgan del Barrio Nuevo chicharrero unas cuantas casas que, también, forman parte de este otro Santa Cruz. Asimismo, desde el nuevo Viario del barranco se cuenta con un punto de vista, más bajo, que permite observar parte de las viviendas que están en la base del puente y, además, llegar hasta ellas por uno de los paseos que parten de esta vía. 

Si seguimos el cauce de este accidente geográfico, en dirección a La Laguna, se llega al nivel medio del mismo barrio y, a la altura de lo que se construyó para ser un mercado destinado a la alimentación y su zona de aparcamientos, rodeando su trasera, también hay una suerte de chabolas con signos inequívocos de estar habitadas. Signos en forma de antenas de televisión que "conviven" con vertederos de viejos electrodomésticos y restos de materiales de construcción. Su presencia resulta increíble a estas alturas del siglo y encoge el corazón de quien las descubre... 

El otro Santa Cruz se completa con el que estuvo a punto de desaparecer totalmente y se encuentra en una de las zonas residenciales más selectas de la capital: el barrio de Los Hoteles. Discurre a lo largo de otra de las fisuras geográficas de la ciudad, la del barranco de Los Lavaderos, y va a desembocar - ironías de la vida - en la trasera del señorial y lujoso Hotel Mencey. Desde siempre, allí se asienta ese otro Santa Cruz que, con el nombre del barranco, constituye otro grupo de viviendas peligrosamente alzadas a lo largo de su cauce. Ese riesgo de desaparición casi absoluta se materializó , por desgracia, el 31 de Marzo de 2002 y lo que había antes de aquella terrible riada y lo que queda hoy de él, tienen poco que ver. Aquella avalancha de agua y lodo destruyó y sepultó gran parte de las humildes casas que allí se encaramaban y acabó con la vida de algunos de sus habitantes. Actualmente sólo quedan las del margen más próximo a las lujosas edificaciones del lugar. 

En ese otro Santa Cruz, algún agente de la autoridad municipal, especializado en temas del sector de la juventud que está en riesgo de exclusión social, localiza a muchachos fugados de sus centros de acogida, cuando éstos rechazan su permanencia en estas instituciones o son sancionados por su conducta irregular. El testimonio oral de uno de estos funcionarios del orden, emitido, no hace mucho, en una emisora de radio de ámbito nacional, estremece el alma por sus tintes de triste realidad. Contaba que cuando alguno desaparece, él se dirige de inmediato a esas chabolas que aún existen, con la seguridad de que allí los va a encontrar. Pocas veces se ha equivocado... 

La mejor noticia sobre este otro Santa Cruz es que, tanto en el barranco de Santos como en el de Los Lavaderos, se han ido construyendo muros de contención y canalización de las aguas que discurren por ellos cuando llueve. Ambos han recibido, a lo largo de la historia de la ciudad, grandes avalanchas como consecuencia de la fuerza que les imprime todo lo que viene desde los lugares más altos de sus cauces y que, no siempre, se ha podido controlar. Por desgracia, han tenido que ocurrir sucesos gravísimos, para que las autoridades vayan tomando conciencia del riesgo permanente a que están sometidas esas pequeñas, pero igualmente importantes, zonas capitalinas. Hoy, la visión de esos muros debe tranquilizar a los que habitan ese otro Santa Cruz y a los que, por alguna circunstancia, nos interesamos por él.

viernes, 16 de noviembre de 2012

Edificios curiosos en Santa Cruz

Santa Cruz de Tenerife, como otras muchas ciudades del mundo, ofrece rincones más o menos conocidos, que pueden llamar la atención por su belleza, por su singularidad o por las dos razones al mismo tiempo. Lo mismo ocurre con los inmuebles, ya sea empezando por las humildes casas terreras, pasando por las plazas o jardines más llamativos y terminando con cualquier tipo de edificio. En este último apartado, la capital posee una serie de construcciones dignas de señalar por las especiales características que las hacen ser únicas. La lista no es muy larga y, unas veces por casualidad y otras por investigarlo, he ido ampliándola. El criterio de selección ha sido, exclusivamente, ese: el de ser distintas del resto, por su particular estética, lo cual lleva a encuadrarlas, desde mi personal punto de vista, en el capítulo de ejemplares curiosos o raros. Están dispersas por el mapa capitalino y, como en otras ocasiones, propongo iniciar el recorrido por la zona más alta de la ciudad y acabar en la más baja. 


El primero nos lo encontramos en la carretera general de Santa Cruz a La Laguna, por debajo de la curva del colegio de las Dominicas y frente a la gasolinera que se encuentra en esta vía. Es una edificación exenta y tiene la forma de un cilindro de base ovalada. Con tres plantas que muestran, en la del medio y la última, amplias balconadas que no sobresalen del volumen construido. Además de la propia estructura, otra particularidad de la obra es la cubierta de la gran terraza que la corona, que deja ver dos óvalos paralelos, dentro del mismo plano y unidos por una especie de pequeños radios, de tal manera que permite la entrada de la luz natural, no sólo por la zona central abierta, sino también entre esos radios. Creo recordar que se construyó en los años 70 y fue un boom arquitectónico en su día. Comenzó como vivienda familiar, después se convirtió en una residencia geriátrica y, actualmente, está en venta. 

Más abajo, próximo al parque de La Granja, en la calle Zurbarán, está situado el nº 18, incrustado entre un edificio de viviendas más recientes y otro a medio construir. No hay otra casa, ni siquiera parecida, en todos los alrededores y llama la atención por un par de razones, entre otras. Una, que la primera impresión visual nos lleva a considerarla caótica. Otra, que da la sensación de continuos añadidos, lo que hace difícil ubicarla en el tiempo y en un estilo determinado, llamando la atención la presencia de numerosas ventanas, en la mayor parte de su fachada, y en una ancha balconada que se apoya sobre dos columnas. Ventanas con una distribución de cristales muy repetitiva, pero muy peculiar. En la azotea, se agregó un módulo con el mismo tipo de cristaleras que aparece rematado, a medio camino, con una cubierta de aparentes tejas negras sobre la que se yergue una veleta que señala los cuatro puntos cardinales, con una inspiración lejana en la obra de Gaudí. 

Próximas a ésta, en la calle de El Greco, también en su número 18, se levantan dos edificaciones gemelas, de enorme volumen, que llaman la atención por su parecido con la estructura de muchas casas campesinas que muestran un tejado a dos aguas. Para los grandes paramentos que las conforman, ofrecen pocos huecos: algunas ventanas cuadradas y unos pocos semicirculares y en cuarto de círculo. Los dos volúmenes parecen compartir, por sus fachadas traseras, un espacio común, lo que hace que sus fachadas principales estén orientadas opuestamente. 

Si seguimos descendiendo y nos adentramos en el barrio del Uruguay, en el nº 6 de la calle Veremundo Perera, daremos con una más reciente y vanguardista. Hace casi cinco años que terminó de levantarse y su particularidad está en parecer un moderno búnker en medio de casas terreras y de dos plantas que fueron construidas en los años 40, 50 y 60 del pasado siglo XX. Su fachada, que ocupa un único plano, muestra tres superficies horizontales de las cuales, en la primera se ubica la gran portada del garaje y la puerta de acceso a la vivienda, unidas por el material común de la buena madera. El segundo, de mayor superficie, es de hormigón vivo y sin aplanar, pintado de blanco y del que sobresale una especie de balcón de poco volado y herméticamente cerrado por una gran cristalera que tiene, en un lateral, un angosto prisma de base rectangular, también de madera, con ventana de una sola hoja. El plano más alto deja ver un conjunto de varillas, muy estrechas y muy juntas, del mismo origen natural que los anteriores complementos. Como detalle que humaniza a esta vivienda unifamiliar, un jardín diminuto, entre la puerta del garaje y la entrada a la casa, protegido por una verja de hierro rectilínea y en el que sólo se yergue una palmera de la especie coco plumoso. Aunque pueda resultar fuera de lugar, no deja de ser una construcción interesante. 

Continuamos hacia abajo y la calle Enrique Wolfson, nos ofrece, en su nº 13, una edificación de cuatro plantas de la que sobresalen las tres superiores y de los laterales de éstas, dos volúmenes en los que aparecen seis ventanas por nivel, que, a su vez, se reparten en dos prismas de base hexagonal irregular, seccionados en su mitad por un plano vertical paralelo a sus caras mayores. Su finalidad será, muy probablemente, la de proporcionar mayor luminosidad al interior de esas habitaciones, a través de los ventanales practicados en ellos y al estilo de las edificaciones de la Europa Central. Ese elemento viene a ser el que le da singularidad a esta construcción de los años 40-50, que rompe, en cierta medida, con los últimos bandazos de lo racional y lo orgánico de la arquitectura de aquellos tiempos. 

Si nuestros pasos se dirigen hacia el Sur de la capital, será un edificio de acabado metálico en la fachada orientada hacia este punto cardinal, el que pueda sorprendernos. Es el de factura más reciente y está en el recodo que forman las avenidas de 3 de Mayo y de Manuel Hermoso, cuando ambas confluyen en la gran rotonda del final de la rambla de Pérez Armas. Se llama edificio Las Avenidas, por razones obvias, y ofrece distintas respuestas visuales según desde dónde se le observe. Lo más llamativo es la curvatura de su frente metalizado y la diversidad de volúmenes y alturas que posee, sobre todo en el frente que da hacia 3 de Mayo. 

Ya en la costa, como no podía ser menos por su función, nos encontramos con la Casa de los Prácticos, justo en el muelle de Ribera y frente a la antigua estación del Jet Foil. Es un inmueble construido en los primeros años 50, inspirado en el puente de los barcos mercantes y de líneas muy sencillas y austeras. Es una edificación prácticamente simétrica, si la observamos de frente, y cuya segunda planta se sustenta sobre seis finas columnas cilíndricas. Los ventanales son pequeños y estrechos, a modo de los que existen en los barcos, destacándose los seis que posee con forma circular y semejantes a los ojos de buey de estas embarcaciones. Sigue siendo sede del trabajo de quienes dirigen el rumbo de las naves que llegan a nuestros puertos, pero su aspecto deja mucho que desear por su evidente deterioro. Como joya arquitectónica de su tiempo sería lamentable no recuperarla debidamente. 

A estos especímenes exclusivos habría que añadirles el Auditorio de Tenerife y el Recinto Ferial. Son sobradamente conocidos y no cabe aquí describirlos, aunque sí incluirlos en esta relación. También me gustaría mencionar la conocida Casa del Barco, de la Avenida de Bélgica, y el edificio de la calle Fernando H. Guzmán, en Residencial Anaga. Ambos ya fueron objeto de comentario en sendas crónicas publicadas en esta misma plataforma, además de descritas en sus pormenores, por lo que estaría de más insistir en ellos. Es posible que, en la gran extensión que cubre esta ciudad, existan más ejemplares con esta condición de rareza y, ya porque algún amable lector me lo haga saber a través de esta misma publicación o ya porque la casualidad me lleve a descubrir otros más para añadir a la lista, está en mi intención dedicarles otro futuro capítulo. Son construcciones que forman parte de nuestra cultura arquitectónica y que, con mayor o menor fortuna, intentan conjugar la función con una forma que se salga de lo más común y frecuente.

(Esta entrada se publicó, el pasado 7 de Julio, en loquepasaentenerife.com)

martes, 6 de noviembre de 2012

Otro muro de vergüenza

(Esta crónica fue publicada en loquepasaentenerife el 21 de Noviembre del pasado 2011. Hoy, casi un año después, este deplorable rincón de la capital continúa igual. Está así desde 2007, lo que hace que ya cubra un lustro de inoperancia de quienes deben resolver un obstáculo, a todas luces, muy peligroso para viandantes y vehículos. Nos tememos que seguirá así por mucho tiempo más.)

Cuando una se baja del coche, por unas horas o unos días, y se convierte en una usuaria de a pie (o sea, un peatón) de las avenidas, calles y ramblas de esta ciudad, capital de la provincia de Santa Cruz de Tenerife, descubre lugares y situaciones inexplicables. 
El motivo de este comentario a modo de prolegómeno se justifica, simplemente, con las imágenes aportadas a esta pequeña crónica, pero, para reforzar ese dicho tan antiguo y tan popular de que "una imagen vale más que cien palabras", pasemos a usar, también, las cien palabras (según el aforismo chino) o las mil (según su versión más occidental). Procedamos, pues, a ello. 
En la llamada, hasta no hace mucho, Avenida del General Mola y hoy rebautizada como Avenida Islas Canarias, por encima del Puente Zurita y frente a la parada del tranvía correspondiente al mismo nombre, existe un muro que interrumpe bruscamente la acera peatonal del margen derecho de la vía, en la dirección de subida de los coches. Si se quiere continuar en esa dirección a pie, las posibles alternativas son tres: 
Una: saltar a la calle salvando una pequeña valla que transcurre sobre el bordillo de la acera hasta el límite del muro saliente; esta decisión comporta jugarse el tipo, dada la estrechez de la vía y la afluencia de vehículos que sube por ella. 
Dos: caminar por el angosto espacio que queda entre la antes citada valla y la pared que sobresale, con un piso irregular, lleno de restos de materiales de la construcción del suelo; también peligra la integridad física del que se atreva con esta opción porque, si por desgracia diera un mal paso, caería, inevitablemente, del lado de la calle y no es difícil imaginar consecuencias que podrían ser fatales. 
Tres: volver hacia atrás y cruzar en el paso de peatones habilitado en la curva más baja de este recorrido, para acceder a la explanada donde se ubica la parada del tranvía, sobrepasarla y volver a la acera de subida, a través del paso de cebra que queda por encima del tan comentado muro; es la más larga, pero la más prudente si uno está atento y no se despista con el probable paso del tren metropolitano. 

En definitiva, un obstáculo increíble en una capital de provincia a la cual, sus dirigentes, siempre catalogan de moderna, accesible y modélica. Que se lo pregunten a quienes llegan al lugar por primera vez; a quienes, además, puedan tener alguna dificultad motora o a quienes se valgan de algún artilugio mecánico para ayudarse en su limitada movilidad. El comienzo del saliente, para más señas, coincide con la salida de una de las escaleras peatonales que proviene del controvertido viario del barranco de Santos, que discurre por debajo de este puente. 
Este muro existe desde que, en Junio de 2007, se inauguró el tranvía que recorre el interior de la capital y asciende hasta el municipio de La Laguna. En más de cuatro años y medio, nadie ha puesto remedio a este incómodo y peligroso impedimento en el camino diario de muchos viandantes de la zona. La solución parece ser, única y exclusivamente, esquivarlo mediante pasos de peatones que acceden al andén del metropolitano y que sólo sirven para dificultar la maniobra de pasar por aquel sitio. 
¿Qué razones pueden haber para que en este largo período de tiempo continúe el muro en esta situación?. No se nos ocurren más que dos: la presencia de un litigio entre partes afectadas o interesadas en el tema, o la proverbial desidia de la que se hace gala en todas las obras públicas, por parte de quienes deben velar porque esto no ocurra. Si es la primera, con la lentitud propia de una Justicia sobrecargada de casos sobre los que fallar, no nos extraña que el citado saliente siga donde está. Si es la segunda, tampoco nos sorprende, dadas las muchas muestras de dejadez que pueden verse en muchos rincones de esta ciudad. 
Para terminar, una serie de interrogantes que surgen de inmediato: ¿Quién es el responsable de tamaña dejación?, ¿el Ayuntamiento?, ¿el Cabildo?, ¿la empresa Metropolitano de Tenerife S.A.?, ¿todos ellos a la vez?... También, como casi siempre, será el silencio la respuesta a estas preguntas que puede hacerse, con todo su derecho, cualquier ciudadano que contribuya mucho, bien y puntualmente, y gracias al cual y a otros muchísimos como él, se pueden emprender obras de la envergadura que ha tenido y tiene, el tranvía de Santa Cruz de Tenerife. Pero parece que esto se les olvida siempre a quienes dicen velar y defender los intereses de esos contribuyentes: los políticos.