Lupa en mano y cámara en ristre, paseando por lo mejor y lo peor de la ciudad
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domingo, 13 de octubre de 2013

Depósitos y torreones

Desde muy niña, he visto en Santa Cruz unas construcciones muy peculiares que, de siempre, han acaparado mi atención. En casa, oía que los llamaban torreones de la luz, a unos, y depósitos del agua, a los otros. Hoy, continúan ahí. Testigos mudos e inamovibles que han visto cómo han ido transformándose sus alrededores y, a ellos, se les ha ido perdonando la vida. Si esa vida fuera animada, seguro que estarían pensando que si siguen en el mismo sitio y sin grandes cambios, es porque aún son necesarios a la ciudad. Y no se equivocarían. Incluso, a los depósitos de agua en particular, se les adecenta y embellece cada cierto tiempo, con una campaña de mantenimiento encomiable, por parte de la empresa que gestiona los asuntos del líquido elemento. Seguramente, como parte de su compromiso legal con la institución pública que dirige esta ciudad. 
Menos cuidadas aparecen las tres antiguas estaciones transformadoras, que permitieron los inicios de la iluminación de la capital, y que aún se conservan. Según los anales, fueron construidas en la década de los años 20 del pasado siglo, y solían encargarse a prestigiosos arquitectos de la época, siendo el técnico municipal, D. Antonio Pintor y Ocete, el responsable de estos "torreones de la luz", que muestran características del estilo ecléctico imperante en aquellos años. Dos de ellos siguen teniendo vida activa gestionada por la compañía Unelco-Endesa, mientras que el otro sólo sobrevive al paso de los años. Están situados con bastante proximidad, unos de otros. En sentido descendente, la primera de estas viejas estaciones está en la calle Horacio Nelson, en el cruce de esta vía con la del Perdón (antigua General Goded) y el Camino Oliver. La siguiente tiene difícil localización, porque se encuentra en el interior de los jardines del Parque García Sanabria. Concretamente, en los aledaños a José Naveiras o de Los Campos, muy cerca del acceso a este recinto, desde esta calle y su confluencia con la de Méndez Núñez. El tercero y último está en la vía ascendente de la Rambla 25 de Julio, frente al antiguo edificio de la Escuela de Comercio, hoy, sede de la escuela de Empresa y Turismo. 

Además de estas estaciones en forma de torres, se conservan otras dos, en la Cruz del Señor y en Ofra, que no responden, en absoluto, a este diseño, aunque pertenecen a la misma época que las anteriores. La primera es de estilo puramente racionalista y fue diseñada y construida por el arquitecto José Blasco, de cuyo proyecto no se llevó a cabo el edificio anexo que él concibió. Se encuentra en la esquina formada por la Avenida de Ángel Romero, con la calle José Turina. Hoy aparece rodeada de un muro que impide apreciar, por completo, su calidad. Tanto ésta como la de Ofra, pasan desapercibidas, porque están integradas en el mosaico de edificaciones de esas amplias zonas de la ciudad y no están debidamente mantenidas, ofreciendo un aspecto poco deseable, para su indudable valor histórico-industrial. 

Los depósitos de agua potable, más fáciles de localizar en nuestra ciudad, son el de la Plaza de Toros y el de Salamanca. Ambos fueron construidos por la empresa privada EMMASA, entre los años 50 y 60 del siglo XX y son de factura arquitectónica similar, aunque de dimensiones y ubicación muy diferentes. El primero ocupa una buena superficie rectangular limitada por la calle Comandante Sánchez Pinto y la zona de aparcamientos de la calle Horacio Nelson. Tiene una magnífica visibilidad, dado que es una construcción exenta, sin ninguna otra edificación adosada a ella. Hubo un tiempo en el que su aspecto fue bastante lamentable y se temió por su paralización e, incluso, desaparición, pero el crecimiento demográfico imparable y el sentido común de alguna autoridad, han hecho que se la regenerara y recuperara con todo su esplendor. 

El otro depósito emblemático, por su antigüedad, es el de Salamanca, llamado así porque su solar se ubica en el límite del barrio del mismo nombre y el del Uruguay, estando su entrada en la calle de Febles Campos. Al contrario que el de la Plaza de Toros, colinda con el Colegio público Salamanca (antiguo José Antonio) y una antigua guardería infantil, gestionada con fondos públicos, y hoy cerrada. Hasta hace unos pocos meses, era imposible saber sus características desde fuera, porque una gran portada metálica y sin huecos, impedía ver su interior. Recientemente, esa portada fue sustituida por una cancela mucho más ligera y abierta y que deja ver un pequeño sector del interior de la instalación. Como la de Horacio Nelson, también dejaba ver un deterioro exterior deplorable, pero se ha subsanado al mismo tiempo que se sustituyó la portada de acceso. 

También en otros lugares de la ciudad, podemos apreciar, con relativa facilidad, depósitos de construcción posterior y de menor interés arquitectónico, como puede ser el de Tío Pino, entre la calle del mismo nombre y la de Pedro José de Mendizábal, en la urbanización Tristán, o también el de la zona de Ofra, en la esquina correspondiente a las calles Nicolás González Sopranis y José Víctor Domínguez, en la trasera de los jardines de la clínica San Juan de Dios. 

Sirvan las muestras de hoy como ejemplo de la arquitectura industrial que se hizo, en esta capital, en la primera parte del siglo XX y que, por fortuna, aún perviven y cohabitan con otras mucho más modernas, pero quizá también más anodinas y de menor interés, desde el punto de vista estrictamente estético, y que es el que siempre mueve a quien esto les cuenta.

viernes, 3 de agosto de 2012

Belleza con forma de árbol

Entre los rasgos que caracterizan a Santa Cruz de Tenerife destaca, para mí, el de la vegetación. Una vegetación diversa y frondosa que encontramos por todas partes: jardines públicos y privados, parques, ramblas, aceras... No andan muy lejos los días en que muchas de nuestras calles se vieron forradas por una alfombra de color malva, tejida por las flores que se desprendían de los efímeros y espectaculares jacarandás tan frecuentes en nuestra ciudad. Enredaderas con explosión de colores en una gran variedad de buganvillas, plantas autóctonas, flores de todo tipo y tamaño, aunque el verano no es muy propicio para estas últimas. Sin embargo, en esta extraña estación que nos está tocando vivir, podemos contemplar la belleza que poseen varios ejemplares de árboles, que se encuentran en determinadas zonas de esta capital y que poseen ese distintivo floral que ha hecho que me fijara en ellos. No soy especialista en el tema y eso hace que ignore el nombre y las características de casi todos, por lo que sólo ha sido el punto de vista estético el que me ha movido a hacerles partícipes de estos descubrimientos visuales. 
Lo que llama la atención de ellos es su singularidad. Es descubrirlos entre la monotonía verde, propia del estío, lo que les hace más especiales. El rey, por excelencia, es el flamboyán o flamboyano, omnipresente, no sólo en esta ciudad, sino a lo largo y ancho de nuestras islas. Esas flameantes sombrillas naturales, de amplísimo diámetro y exuberantes flores rojo-naranja, las encontramos por todas partes. Donde quiera que vayamos nos reciben, nos saludan, nos acompañan y nos protegen de la radiación solar, por cualquier camino que recorramos. Tanto podemos encontrarlo en solitario, adornando, por ejemplo, un aparcamiento de las afueras como alineado a otros muchos de la especie, en una de las filas de estacionamiento de la playa de Las Teresitas. Es un árbol muy familiar para cualquier santacrucero y, desde pequeños, aprendemos su afrancesado nombre. No me ocurre lo mismo con otras muestras bellísimas que, a diario, suelo encontrar en mis recorridos urbanos y de los que no tengo la suerte de saber cómo se llaman. Sin duda, más de uno de los amables lectores que tienen a bien visitar este blog, estarán capacitados para identificarlos y, desde aquí, les invito a que nos ilustren sobre todo aquello que puedan saber de estos árboles que nos alegran la vista.

Como información complementaria a las imágenes que publico, decir que para localizarlos tendrían que visitar la playa de Las Teresitas, donde además de la exultante línea de flamboyanes encontrarían, cerca de la construcción de la Cruz Roja y casi desapercibido entre las uvas de mar que jalonan el recorrido de los vehículos, un único ejemplar que muestra una tenue y delicada floración rosiblanca, a punto de desaparecer por las embestidas de los alisios tan típicos del verano y de aquel lugar. También tendrían que pasear por la calle de José Víctor Domínguez, en la trasera de la Clínica San Juan de Dios, y por la Avenida de los Príncipes de España, en la zona de Ofra, para admirar unas peculiares flores en matices claros y oscuros del rosa magenta, que surgen directamente de las ramas del árbol que las sostiene y en las que no hay hoja verde alguna. Sin salir de este populoso distrito, pueden acercarse a la de Elías Bacallado, para maravillarse con dos estilizados y poco frondosos ejemplares que captan la atención de cualquiera por el intenso color rojo cadmio, de sus menudas floraciones. Por último, podrían disfrutar con dos o tres más en la calle de Eladio Roca Salazar, muy cerca del Instituto de Enseñanza Secundaria Las Indias. Quizá, éstos pudieran ser hermanos del único existente en Las Teresitas, pero mostrando, en esta ocasión, flores rojas que semejan una fina gasa de ese tono tan cálido, que sólo cubre partes de follaje verde.
Como ven, esta especie de primavera tardía nos está permitiendo que, de momento, nos extasiemos con la visión de estas maravillas con forma de árboles. Si el verano al que estamos acostumbrados por estas latitudes capitalinas, apareciera, es muy posible que lo que hoy les he mostrado, esconda su aspecto actual y esos distintivos cromáticos que surgen radiantes, entre el verdor generalizado de nuestros parques y jardines, formen parte de ese ejército verde y lleguen a pasar desapercibidos hasta el próximo año. Por si esto ocurre, les aconsejo que, en cuanto les sea posible, admiren estos bellísimos ejemplares y disfruten con su visión.

(Esta crónica fue publicada, en loquepasaentenerife.com, el 13 de Agosto del pasado año. Hoy, casi doce meses después, muchos de los árboles descritos y ubicados se mantienen con el mismo aspecto, a pesar de que este verano esté siendo más seco y caluroso que el de entonces).

miércoles, 18 de julio de 2012

Adefesios por edificios

D. Miguel Moore, el Padre Moore, - como era conocido por estas tierras -, fue párroco de la Iglesia de la Concepción, de Santa Cruz de Tenerife, en las décadas de los 60 y 70. Mediada la prímera, también fue profesor de una asignatura del Curso Preparatorio de la carrera de Bellas Artes, que tenía el curioso y, a la vez, lógico nombre de Liturgia y Cultura Cristianas, dadas las imposiciones religiosas de aquel entonces. Era una persona culta, encantadora, inquieta y enamorada de las Artes. En clase, procuraba estimular el interés de los alumnos invitándonos a observar todo lo que nos rodeaba y a ser críticos con la ausencia de estética que caracterizaba a gran parte del entorno que nos tocaba de cerca. Con frecuencia, nos transmitía sus impresiones personales sobre el tema y disfrutaba mucho con él. Posiblemente, tanto como cuando nos hablaba de cálices, casullas y crucifijos más o menos bellos.
Siempre se trasladaba, a pie, desde la Concepción hasta la antigua Escuela de Artes y Oficios, en la Plaza de Ireneo González, y en donde se daban las clases de Bellas Artes. Tanto si iba como si venía, no perdía detalle de todo lo que encontraba a su paso, incluidas las edificaciones del recorrido. Recuerdo que insistía en que anduviéramos con la cabeza alta y mirando hacia arriba, para que viéramos todos los detalles de lo que nos rodeaba. Cuando comentaba lo que divisaba en aquel trayecto, una de sus frases preferidas: “Eso no son edificios; son adefesios”, se me quedó para siempre. Desde entonces, cada vez que tropiezo con algún motivo que me lleve a esta misma conclusión, no puedo evitar acordarme del Padre Moore.
Desde hace tiempo, con la gran ayuda que las nuevas tecnologías fotográficas nos dan, me he ido haciendo con una pequeña colección de ejemplos representativos de aquella expresiva frase de D. Miguel y, dejando bien claro que como suele ocurrir con lo que lleva una cierta carga artística, la muestra responde, sobre todo, a criterios personales sobre lo que es la ausencia de belleza en algunos de los edificios, de nuestra capital, con cierta relevancia. Por lo tanto, la subjetividad y las opiniones están muy presentes en esta relación. Vamos a ella.

Edificios “muralla”, en la Avenida de Anaga: Para mí, el adefesio por excelencia, de esta capital. Se trata de un conjunto de construcciones diferentes adosadas, pero con muy poca personalidad cada una, de la misma enorme altura todas y que, a modo de pared gigantesca y acolmenada (permítanme semejante palabro), cierra la visibilidad del mar prácticamente a todo lo que se edificó en calles sucesivas posteriores, justo detrás de ella. La fachada trasera de la mayoría da a la de la Marina, vía ancha y de buena longitud, pero muy sombría. Esa falta de luminosidad se la debe a ese descomunal paredón que las autoridades del momento autorizaron a levantar sin el más mínimo respeto hacia el derecho a disfrutar del mar de los que llegaron después y quisieron construir en la misma zona. Aunque tamaño abuso no tiene solución, me consuela creer que hoy no se hubiera permitido un desmán de esta categoría, ya por una clase política dirigente más sensible hacia los temas del bien común, ya porque las organizaciones ecologistas y los movimientos vecinales no lo hubieran consentido bajo ningún pretexto. La dictadura imperante en los tiempos en que esas edificaciones proliferaron fue la que auspició que determinados intereses particulares tuvieran el privilegio de monopolizar la explotación de la línea más próxima al litoral santacrucero. Es, y seguirá siendo, el paradigma de lo que nunca más se debe hacer en situaciones geográficas similares.

Actual Facultad de Bellas Artes: Situada en el Camino del Hierro, es, paradójicamente, la negación de lo que su nombre indica. Se construyó hace más de 30 años y podría haberse destinado también tanto a fines militares como a carcelarios. Es una edificación laberíntica y caótica en su interior, lo que no propicia su papel de centro docente, que siempre debe ser un espacio bien organizado y que facilite el acceso a sus dependencias, sobre todo, de aquellos que pasan muchas horas de sus días de estudiantes y de profesores, en aquel recinto. Desde hace unos cuantos cursos, se encuentra en un estado lamentable y espero que la nueva Facultad que se está edificando en estos momentos, en la zona baja del complejo universitario de Guajara, se ajuste con mayor propiedad a lo que significan las Bellas Artes, entre las que se encuentra, precisamente, la Arquitectura. Lo que se va viendo y adivinando, parece que mejorará, con creces, a la hoy existente.


Viviendas adosadas del Residencial San Juan de Dios: De inspiración más propia de una zona playera modesta que de un barrio capitalino, aunque sea del extrarradio. Quienes la diseñaron debieron buscar la originalidad, a costa de sacrificar un mínimo de armonía. Me temo que no lograron ni lo uno ni lo otro. Esa galería exterior techada con una aparatosa cubierta color marrón oscuro, a modo de enorme visera, es probable que se concibiera, además, como elemento decorativo. Desde mi punto de vista, sólo se logró su función: ser un simple tejado sin tejas. Y menos mal que sus propietarios, conscientes de su poco agraciada hechura, han aportado color a una fachada que, en sus inicios, sólo tenía el gris del hormigón con el que se fabricó. La construcción muestra dos niveles de adosados, uno encima del otro y, a su vez, cada vivienda consta de dos plantas. La más alta del segundo nivel deja ver los estrechos huecos de sus ventanas por encima de la techumbre que cubre la galería. Pueden imaginarse la “agradable” visión que tendrá quien se asome a ellas. La perspectiva más desafortunada la tienen los vecinos de las edificaciones de enfrente, que, además, ven el aspecto con que quedó la reparación de goteras que se hizo a la comentada cubierta, no hace mucho: unas toscas líneas blanquecinas del material impermeabilizante aplicado a las juntas que unen las oscuras piezas del techo.


Colegio de Ingenieros de Caminos Canales y Puertos de Santa Cruz de Tenerife: Cuando vi los inicios de esta construcción que se encuentra en la zona más alta del barrio de Salamanca Chica, en la calle Poeta Rodríguez Herrero, creí que sería un depósito o almacén para determinadas mercancías, dada su estructura de mazacote prismático con poca altura y menos base. Pensé que iba a ser una especie de silo o granero. Cuál no sería mi sorpresa, cuando después de un tiempo sin pasar por el lugar, descubrí que la edificación estaba finalizada y era, nada menos, que la sede de un Colegio Profesional de los catalogados de alto standing. Quizá, se ha pretendido representar, a modo de símbolo de su especialidad, un bloque gigantesco como los que estos ingenieros emplean en sus faraónicos proyectos. A fe mía que lo han conseguido si esa fue la intención, pero también qué poco afortunado y qué poco integrado en el entorno en que está ubicado. Además, está situado al fondo de una calle muy pendiente y la impresión visual que se recibe, a medida que uno se va aproximando desde abajo, es la de un volumen que aplasta al que se acerca, lo que viene a reforzar la idea de mazacote inmisericorde.

La casa del barco: Probablemente, si se hubiera construido en la línea más cercana a los puertos y muelles de nuestra costa, su diseño habría tenido alguna justificación. Fue una de las primeras edificaciones de la zona baja de la Avenida de Bélgica y llamó la atención de los viandantes, desde el primer momento, por su originalidad. Hoy, en un estado de abandono lamentable y casi engullida por edificios mucho más altos y de trazas más modernas y funcionales, queda desfasada y más fuera de lugar que nunca. No sé si será cierto o es una de las muchas leyendas urbanas que abundan en toda ciudad que se precie, pero se dice que quien encargó su construcción para hacerla su vivienda, fue un marino tan enamorado de su profesión que hizo reproducir el puente de mando de alguno de los barcos en los que navegó, para convertirlo en su casa. Hace no mucho, desde fuera, podía observarse un intento de mejora de su aspecto, porque podían verse materiales y herramientas propios de la recuperación de un inmueble. No debió prosperar por motivos que desconozco y se encuentra en ese lastimoso estado de abandono aparente.

A esta pequeña serie podríamos añadirle el rascacielos de la Avenida Tres de Mayo, los dos cercanos al Auditorio de Tenerife, las clínicas Parque y La Colina, la mayoría de los centros escolares que por aquí nos han construido… Pero, de momento, sirvan estos cinco ejemplos analizados. Considero que son los que mejor responden, bajo mi personal ángulo de mira, a aquella recordada frase de mi antiguo profesor: “Eso no son edificios; son adefesios”. Y sirva, también, como homenaje a su figura y a su empeño en contribuir a que fuéramos críticos con la estética de nuestro entorno y exigentes, donde procediera, con que ese entorno mejorara para y por el bien de todos los que formamos parte de él. Primero, como ciudadanos y, después, como profesionales titulados en Bellas Artes, que podemos y debemos contribuir a ello, tanto desde la educación como desde la colaboración y el asesoramiento.