Lupa en mano y cámara en ristre, paseando por lo mejor y lo peor de la ciudad
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miércoles, 19 de septiembre de 2012

Las Teresitas: el deterioro que no cesa

Si eran pocas las señales de deterioro de la playa de Las Teresitas, en Santa Cruz de Tenerife, ahora se ha añadido una más: la de la rotura del tramo final de la vía asfaltada, que viene de los aparcamientos. Es una de las secuelas que dejó el enfurecido mar de fondo que, coincidiendo con la marea alta de la madrugada del pasado 30 de Agosto, inundó y destrozó gran parte de la primera línea del marinero barrio de San Andrés.
Ha pasado algo más de dos meses. Se trabaja a fondo para subsanar y proteger la citada línea. Se debate la altura del murete que la Dirección General de Costas y el Ayuntamiento han decidido levantar, provisionalmente, para evitar que se repita otro episodio como aquel, pero no hay visos de atender la fractura que aparece en el asfalto de la pequeña rotonda que han de rodear todos aquellos que llegan al final de la playa con un vehículo. El último tramo de la vía, que comprende desde el acceso a la playa, previo a la sede de la Cruz Roja, hasta la citada rotonda, está cortado y sólo se puede transitar a pie o en bicicleta. Comparado con lo ocurrido en el frente del barrio, es un mal menor, pero mucho nos tememos que su recuperación, si se llega a dar, no la veremos antes del próximo verano. Se convertirá, pues, en un indicio más de la desidia y deterioro manifiestos, desde hace ya demasiado tiempo, de aquel bonito rincón.
Nadie duda de la magnífica playa artificial que se obtuvo en los 70, a pesar de los inconvenientes de una arena que está fuera de lugar. Tampoco se cuestiona el avance que supuso contar con unas amplias superficies de asfalto para el aparcamiento. Lo lamentable es constatar que para poder disponer del resto de instalaciones adecuadas, ha habido que pasar por un concurso público de ideas, muy controvertido en su fallo, mucho más contestado desde que se vieron los primeros movimientos de tierra y la construcción de parte del desgraciadamente conocido "mamotreto" y, recientemente, anulado por el actual Consistorio.
Si hacemos todo el recorrido del recinto playero, partiendo de la aciaga construcción, no es difícil ir encontrando muestras constantes del lamentable estado al que se le ha dejado llegar. Veremos gran parte del piso próximo a los flamboyanes y palmeras del aparcamiento, fragmentado y descarnado. Sobre todo, en el nivel más cercano a la montaña, a donde no debió llegar el presupuesto fijado para hacer el superficial lavado de cara del reciente Agosto. 

Si continuamos en este nivel del parking, a la altura de los accesos 6 y 7, una especie de lengua de tierra invade el espacio de 21 aparcamientos en batería, inutilizándolos para su uso y perjudicando, especialmente, a los que acuden con su vehículo los domingos y festivos del verano.
Continuando por el camino de asfalto nos encontramos, frente a la trasera de la Cruz Roja, los restos de las bases sobre las que se apoyaban cuatro grandes prismas que debieron servir de oficinas o viviendas para el personal de la empresa constructora OHL, encargada de mover tierras antes de iniciar las obras que fueron paralizadas por el juez responsable del caso Teresitas.
Más adelante, en una pequeña explanada pegada a la pared del Roque de los Órganos, existen dos enormes contenedores, semienterrados, que sirven de vertederos de todo tipo de resto que se quiera vaciar allí, en especial, bolsas de basura que dejan los bañistas que pasan los fines de semana en sus alrededores, en la época veraniega. Cuando el sol y el calor dan de lleno y los alisios se dejan sentir, el hedor de la zona se hace insoportable.
Como cierre de los desastres en este trayecto de ida, la antes comentada rotura del punto más alto de la rotonda final y un rótulo que lleva muchos años allí. Prohíbe, en varios idiomas, el paso de peatones por el dique que forma parte de la protección de la playa. El embate de las olas, en aquel lugar, suele ser peligroso en muchas ocasiones y actualmente tiene varios tramos destrozados también por el último temporal. Nunca nadie ha respetado ese cartel, que allí continúa como elemento decorativo.
En el camino de vuelta, si lo hacemos junto al muro que sirve de límite con la arena, tendremos la oportunidad de disfrutar de la visión del mar y las palmeras, pero también del uso impune de éstas como columnas de apoyo de numerosas hamacas amontonadas junto a ellas o bajo la sombra de varias agrupaciones de uvas de mar, ocupando mucho espacio y restándoselo a los usuarios que quisieran aprovechar esas sombras. También es frecuente encontrar invadida la de muchas palmeras individuales con hamacas vacías, pero que quienes las alquilan las tienen reservadas para sus futuros clientes.
Hace un par de veranos, presenciamos los malos modos con que un hamaquero se negó a dejar libre una de esas sombras, requerida por unas bañistas que querían protegerse bajo la palmera. Ante su negativa, aquellas señoras fueron en busca de los policías asignados a la vigilancia de la playa. Bastantes minutos más tarde, éstos se presentaron, dieron la razón a las usuarias e hicieron un informe para que, en un futuro inmediato, se dejaran libres de hamacas todas las palmeras ocupadas. Esta es la fecha en que nada de aquella situación ha cambiado. Todo lo contrario: cada vez, hay más ocupadas por hamacas sin alquilar.
Otro apartado tristemente mencionable es el de los ruidos y olores a gasoil que parten de los distintos kioscos que se intercalan en esa línea del muro limítrofe con la arena. Los generadores que poseen para disponer de electricidad, se encargan de enrarecer la paz deseable en recintos como este.
Si a ese desagradable olor le añadimos el nauseabundo de algunos de los desagües de estas mismas instalaciones, se pueden imaginar fácilmente lo irrespirables que pueden llegar a ser determinadas zonas.
Éstos son, a grandes rasgos, los signos más evidentes de lo que representa un deterioro lamentable de la que, desde hace muchas décadas, debiera ser la joya más preciada del litoral capitalino y, más aún, cuando ya no se cuenta con el que fuera referente veraniego de los santacruceros, el antiguo Balneario de Educación y Descanso, ni tampoco con el más reciente proyecto de la playa de Valleseco.
La sensación que tiene el que va allí con frecuencia, es de que la autoridad no existe, -aunque haya un puesto de la Policía Local, a mitad de playa-, y a nadie le importa el deplorable aspecto que va mostrando el lugar, a medida que pasa el tiempo. La lentitud de una Justicia sobrecargada y los muchos intentos de especulación, más o menos oculta, que han existido en torno a Las Teresitas, desde hace casi medio siglo, van a contribuir a que esas muestras aumenten, si alguien con más sensibilidad y visión de futuro no lo remedia.

(El 10 de Noviembre de 2011 se publicó esta crónica en loquepasaentenerife.com. A día de hoy, absolutamente nada de lo relatado aquí ha cambiado en aquel recinto costero. Más bien, el deterioro se agudiza y aumenta lamentablemente.)

viernes, 14 de septiembre de 2012

Lo que no se quiso hacer en Las Teresitas y San Andrés

Para completar algo de la historia de Las Teresitas original, - personajes de la jet-set o de la prensa rosa, (como prefieran), incluidos -, me gustaría detallarles cuáles fueron los antecedentes de lo que, desde hace casi cuarenta años, seguimos llamando Las Teresitas, pero de la que, cualquier parecido con aquella, apenas existe.
Para llegar a la formidable playa de entonces, - y no es una exagerción, a mi entender -, había que trasladarse, igual que hoy, hasta el barrio de San Andrés desde la capital, pero entonces se hacía por una carretera, - peligrosa donde las hubiera -, que, cual delgada serpiente deslizándose entre los numerosos entrantes y salientes de estos primeros roques de la cordillera de Anaga, y a una altura considerable con respecto al mar, te ponía en la entrada del distrito marinero. Pocos eran los afortunados, en aquella época, que se trasladaban allí con vehículo propio o en taxi, que era muy caro. Lo habitual era coger la guagua del Servicio de S. Andrés, que partía de la Avenida de Anaga, cerca de su confluencia con la calle de La Marina, pagar las tres pesetas que costaba el viaje y encomendarte al chofer de turno. La endiablada carretera comenzaba a ascender a la altura de Cueva Bermeja, más o menos, y a partir de allí, lo recomendable era no mirar hacia abajo, si se padecía vértigo y te tocaban los asientos con las ventanas que daban al mar. Menos mal que los conductores de aquella ejemplar empresa eran de auténtica primera clase y no hubo que lamentar accidente alguno. En las imágenes que acompañan a esta crónica, pueden verse algunos tramos del antiguo acceso, que aún se conservan.
Desde lo alto, podían verse las playas de Jagua, Playa Chica y Los Trabucos, como las más populares y visitadas de aquel trayecto de unos siete u ocho kilómetros. La primera estaba un poco más allá de Cueva Bermeja, era de callaos y más de una vez me di un buen baño en ella. La mejor era la tercera, con una enorme explanada de arena negra, cuando la marea estaba baja. Se llegaba a ella, descendiendo por una vereda desde la carretera. Estaba azocada en el arco que, más tarde, cuando se construyó la Dársena Pesquera, fue ocupado por la primera ubicación del Instituto Oceanográfico de Canarias. En nombre de lo que se da en llamar progreso, fue sacrificado un excelente rincón del litoral santacrucero, para el baño. El viaje terminaba en el pequeño puerto de San Andrés, en una vía con dos direcciones. La minúscula rambla que hoy ocupa su lugar, se hizo más tarde, cuando se puso en marcha la nueva Teresitas. A partir de allí, un paseo a pie para llegar al recinto playero.

A finales del s. XIX, los lugareños lo conocían como "Tras la arena" o "Playa de Teresa", sin saberse, a ciencia cierta, el porqué de este último. Al fondo, el imponente Roque de Los Órganos, llamado así por las numerosos tubos o prismas muy delgados, que adopta el basalto en toda su superficie y que, desde el mar, se asemeja a un órgano musical gigantesco. Como puede observarse, este espectáculo natural no sólo es privilegio de la isla de La Gomera, que cuenta con otro extraordinario, en la costa de Vallehermoso. El roque sugiere la forma de la cabeza de un dragón que se adentra en el mar y para él, los habitantes del bonito barrio marinero, proponían que se estudiara la posibilidad de abrir un túnel, que comunicase a Las Teresitas con Las Gaviotas. 
Esa montaña, en uno de sus puntos, sólo tiene 70 u 80 m. de espesor y se creía que la dificultad para horadarla, sería mínima y poco costosa. Técnicos de la época, consultados sobre esta posibilidad, confirmaron aquella aseveración. A cambio, se ganaba una segunda playa, con más de medio kilómetro del mismo tipo de arena. Pero, está claro que la idea no prosperó. De la misma manera, también hubo oídos sordos a los argumentos que los pescadores sanandreseros más viejos del lugar, esgrimían siempre que se les daba la oportunidad. Habían nacido, vivido y trabajado allí a lo largo de toda su vida y eran quienes más y mejor sabían del comportamiento de las mareas y de los puntos, más o menos peligrosos, para la pesca y el baño. Insistían en que, para conservar y proteger la abundante arena negra de Las Teresitas, bastaba con construir una escollera que partiera de la desembocadura del barranco de San Andrés y que se adentrara en el mar unos cuantos metros. Allí, la línea de sonda no pasaba de cuatro y opinaban que con tres prismas de dos metros de altura, cada uno, se podía emprender la obra. El desnivel del fondo arenoso de Las Teresitas era mínimo y esa escollera impediría que los temporales del Sur arrastraran la arena mar adentro, descarnaran la playa y dejaran el suelo pedregoso, a la vista. Otro beneficio era el de retener allí los peñascos que las avenidas del barranco arrojaban a la playa, con lo que la citada escollera se vería reforzada de forma natural. Para el extremo opuesto, sugerían la construcción de una espigón que tuviera como base la piedra del roque de Los Órganos, lo que lo hacía poco costoso y fácil de hacer.
El conocimiento empírico de aquellos sufridos marineros y pescadores aseguraba que con estas medidas y con la prohibición firme de seguir extrayéndose arena negra de las playas aledañas, para uso de particulares, - circunstancia que mermaba la de Las Teresitas -, sería suficiente para disponer de una hermosa playa, llena de arena todo el año, para el uso y disfrute de todo el que la visitara. Además, con un prometedor futuro turístico y todo lo que esto comportaba para el barrio marinero y para la capital de la provincia. La espectacular imagen tomada desde el roque de San Andrés, por el excelente fotógrafo de aquella época, D. Adalberto Benítez, demuestra la indudable belleza natural que allí había. Me he permitido manipular una copia de la misma, casi a modo de infografía, para visualizar lo que proponían los vecinos de San Andrés, por aquel entonces. Con pleno derecho, también reclamaban un puerto, un espigón o una escollera lo suficientemente seguros como para proteger sus herramientas de faena, es decir, sus modestas embarcaciones, y sus viviendas. El puerto que existía y existe (sigue siendo el mismo), no ofrece ninguna garantía, para salvaguardarles en momentos de mares enfurecidos y, por enésima vez, le recordaban al gobernante de turno las muchas promesas que habían escuchado y que nadie materializaba.
Pero, no sólo los pescadores abogaban por una permanencia de la playa original, sino también los propietarios de las distintas parcelas que configuraban el entorno del recinto. Todos ellos, sin excepción, en 1961, cedían gratuitamente al Ayuntamiento capitalino, 30 metros de terreno, lindantes con el mar y medidos a partir de la máxima pleamar. La única condición para hacerlo era que se urbanizara aquella amplia franja ofrecida, con servicios e instalaciones que mejoraran las condiciones naturales y turísticas de aquel privilegiado rincón del litoral santacrucero: vestuarios, cafeterías, canchas deportivas, restaurantes, aparcamientos... Y, nunca, en construcciones de más de dos plantas. Asimismo, el apartado del campo de fútbol y el pequeño camposanto en el que descansaban sus familiares y amigos fallecidos, exigía una solución lo más pronta posible, aunque en este último tema, la sensibilidad y la delicadeza indispensables para su tratamiento lo hacían difícil de resolver.
Los casi cuarenta años de existencia de Las Teresitas actual nos dejan increíbles momentos en los que se ignoró, de lleno, todo lo que sugirieron los habitantes de San Andrés de aquellos tiempos. Se les desoyó de modo total y absoluto. El sello franquista de quienes ostentaron el poder político y administrativo estuvo muy presente en la década de los 60 y se mantuvo durante unos cuantos de la 70 y el principio autoritario y, a veces, con intereses creados, prevalecía más que la lógica, la sensatez y el bien común, salpicando, incluso, a gobernantes de los primeros años de la democracia, avalados por su apisonadora mayoría municipal.
Pero, esto, haría demasiado larga esta crónica de hoy y no sé si sería justo seguir manteniendo la amable atención de nuestros lectores, sin cansarles. Mejor, quizá, dejarlo para otra ocasión.

(Esta crónica fue publicada el 11 de Septiembre de 2011, en loquepasaentenerife.com)

sábado, 8 de septiembre de 2012

Las Teresitas de antaño y los Duques de Würtemberg

(Esta crónica publicada en loquepasaentenerife.com, el 23 de Agosto de 2011, es la primera de una pequeña serie dedicada a uno de los rincones santacruceros más queridos, maltratados y controvertidos de la capital: la playa de Las Teresitas)


 En estos últimos días, la playa de Las Teresitas ha recobrado actualidad, porque el nuevo concejal responsable del área ha dispuesto su mejora, por medio de la remoción de determinadas zonas. En estas fechas, todo el que vaya por allí se encontrará brigadas de trabajadores dedicadas a reparar, aunque sea un poco, muchas de las deficiencias que muestra la citada playa. Quien esto les cuenta lleva acudiendo a ella hace más de cuarenta años y casi a diario. Haga sol, viento, lluvia o esté nublado. Por eso, he visto cómo la han ido transformando. Merece, pues, hacer algo de historia sobre ella.


Este rincón del litoral chicharrero se encuentra a unos ocho kilómetros de Santa Cruz de Tenerife y hasta los primeros años 70 era de fina arena negra, propia del asentamiento basáltico de gran parte del norte y noreste de esta isla tinerfeña. Hasta entonces, no existía ninguna clase de escollera que contuviera las fuertes corrientes marinas del invierno y, con la marea baja, - excepto en esa estación del año -, había una magnífica y amplia alfombra de arena que llegaba hasta una ancha franja de callaos de todo tamaño. Esos callaos llegaban hasta la base de los riscos que, a modo de pared, siguen jalonándola a todo lo largo. Cuando la pleamar estaba en su punto más alto, alcanzaba el borde de aquella zona de cantos rodados, pero apenas los cubría.

Dentro de este espacio de piedras había algunas construcciones que podríamos calificar de prefabricadas, con la excepción de una hermosa y recoleta residencia de dos plantas, que se encontraba poco antes del final de aquel gran arco natural. En el inicio y a la derecha de la playa, estaban el campo de fútbol y el minúsculo cementerio del cercano barrio de San Andrés. A la izquierda, un amplio chiringuito hecho de cañas y madera, propiedad de D. José Ramos. Fue punto de encuentro obligado, entre los que frecuentaban el lugar, para tomarse un buen arroz amarillo con mero o bocinegro frescos o unos calamares en anillas, casi vivos. Para acompañarlos, vino del país o cerveza bien fría. Se mantuvo en pie hasta no hace mucho tiempo.

Desde San Andrés, algo más allá del castillo caído, partía una pista de tierra que transcurría a lo largo de los laterales del campo de fútbol y del cementerio y desembocaba en una explanada, delante del Bar Ramos, hasta la que podían llegar los coches. Para adentrarse y llegar a la arena, había que hacerlo a pie. El que quisiera acceder directamente al final de la playa, tenía que bajar, - también a pie -, por otra pista de tierra, que arrancaba en la curva siguiente a los semáforos que hoy se encuentran en el acceso a Las Teresitas y su cruce con la carretera que se dirige a Las Gaviotas e Igueste de San Andrés. De ese camino, apenas quedan vestigios debido a los movimientos de tierra que se han hecho a lo largo de los anteriores intentos de transformación de la playa. Era relativamente corto y pasaba por detrás de aquella única edificación formal que se encontraba cerca de donde terminaba la playa.

Las únicas referencias de la ubicación de la citada vivienda, que se conservan hoy, son los dos grandes laureles de Indias, que están al borde del nivel de aparcamientos más alejado de la arena,- entre los accesos 7 y 8 - y un trozo del parapeto que defendía la construcción del oleaje de las mareas altas. Más atrás, aún hay restos de los muros que la sustentaban y protegían de la montaña, así como parte de los pisos de sus estancias.

Hay que tener en cuenta que el estacionamiento actual se levantó sobre el que, en la primera fase de transformación, fue de tierra y, éste, sobre la antigua explanada de arena, por lo que el mencionado parapeto era más alto que lo que hoy queda de él. Los laureles, hace cerca de cincuenta años, eran bastante más pequeños y estaban integrados en el bonito jardín que formaba parte de la gran terraza que antecedía a aquella casa. También había árboles frutales y, en particular, recuerdo un magnífico aguacatero, en la parte de atrás, que llamaba la atención por el buen aspecto de sus frutos.

Los propietarios de aquella especie de palacete, al borde del mar, fueron una princesa y un duque, que, por largas temporadas, disfrutaban de las excelencias de nuestra eterna primavera. Es probable que algunos de nuestros lectores recuerden que se trataba del matrimonio formado por la Princesa Diana de Orleáns, hija de los Condes de París, y el Duque Karl de Würtemberg, hijo de Felipe Alberto, Duque de Württemberg y antecesor en el mismo título. Ella tenía entonces 20 años y él, 24.

En Septiembre de 1960, ambos pasaron algunos días de su luna de miel en aquella desaparecida vivienda. Se habían casado, en Alemania, el 21 de Julio del mismo año y, desde allí, iniciaron su viaje de novios por varios lugares del mundo. Uno de ellos fue este pequeño, pero incomparable rincón, según sus propias palabras. Habían llegado a nuestra isla casi de incógnito. Tanto, que algún periodista local que sabía del acontecimiento reciente de su boda, trató de confirmar su presencia en estas tierras, en el consulado alemán, y siempre se le dijo que no sabían nada. Era la consigna ordenada desde su país, para preservar la intimidad de la real pareja. Pero, como "el que la sigue, la consigue", ese mismo periodista vio premiada su tenacidad, logrando una entrevista en exclusiva, en el mismo escenario en que vivían los Duques.

Junto con el fotógrafo, - alemán, por cierto -, después de varios intentos de contactar con la pareja, lograron acceder a su residencia de Las Teresitas. En aquellos tiempos, no se estilaba contar con una férrea protección como la que proporcionan los guardaespaldas de hoy en día, y si los sujetos, objeto de la entrevista, eran amables y educados, el acercamiento a su domicilio solía tener un final provechoso. Fue lo que le ocurrió a Martin Herzberg y a Vicente Borges, profesionales colaboradores del diario La Tarde.

Según relata Borges en la publicación de la entrevista, fueron atendidos con mucha cordialidad y cortesía al exponerles su deseo de mantener una conversación con ellos. La sorpresa fue descubrir que a la primera pregunta formulada en alemán por M. Herzberg, la princesa contestó en un español prácticamente perfecto. La charla surgió fácil y fluida, a partir de aquel momento. Les explicaron que su presencia aquí, además de formar parte de su periplo de celebración de la boda, se debía a que querían acabar de equipar la casa y para ello, también se encontraban en ella los padres del Duque, que habían llegado en la víspera y estarían allí por más tiempo. Ella se mostró encantada con lo poco que había visto de nuestra tierra y, aunque salían hacia Portugal al día siguiente, tenían ya previsto regresar en 1961, para pasar dos o tres meses y conocer a fondo las islas. El Duque ya había estado en Tenerife, años antes, y le llevaron a ver el Teide. Se quedó tan impresionado que esperaba volver con Diana, para que ella lo conociera. Tenían fama de ser muy sencillos y afables y se cuenta que hoy continúan siéndolo. Recuerdo haberles visto en más de un verano, acompañados de sus primeros hijos, asomados a la terraza de su residencia.

Para completar esta crónica, me van a permitir que les haga una semblanza de cada uno de ellos, porque, en especial la de la princesa, la descubre como un personaje interesante. Diana de Orleáns, princesa de Francia, nació en el Brasil, en la ciudad de Petrópolis, en Marzo de 1940. Es la sexta de once hermanos y tuvo seis hijos con el Duque de Würtemberg. Su infancia transcurrió entre Marruecos, España y Portugal. Durante los años de la II Guerra Mundial, sus padres se vinieron a vivir a Pamplona con toda su familia y de ahí su dominio de nuestra lengua. Desde niña, nunca se manifestó como una princesa al uso y su personalidad la ha hecho romper el molde, generalmente estereotipado, de estas figuras monárquicas. Toda su vida ha sido una enamorada de las Artes, en especial, de la Pintura y siempre se ha dedicado a practicarlas con total entrega. El mundo de la escultura, en sus distintas técnicas, no le es desconocido, y una peculiaridad suya es la creación de muñecas artesanales. Expone sus obras por todo el mundo con la finalidad de venderlas y destinar, todo lo ganado, a las muchas fundaciones que auspicia, patrocina y preside. Están dedicadas a la nutrición, salud y educación de niños enfermos y desafortunados de todo el planeta.


Su esposo, Karl, Duque de Württemberg, nació el 1 de agosto de 1936, en Friedrichshafen, en el estado alemán de Baden-Württemberg. A raíz de la renuncia de su hermano mayor, Luis, se convirtió en Jefe de la Casa Real de este estado. Se doctoró en Leyes y, desde siempre, se ha dedicado al mundo empresarial y a la administración del amplio patrimonio familiar. Su hobby preferido ha sido la fotografía y se caracteriza por su defensa y conservación de la fauna y vegetación de los grandes bosques que han formado parte de sus propiedades. Actualmente, a sus 71 y 75 años, respectivamente, viven entre Alemania y Mallorca, donde hace más de 30 años que pasan gran parte de su tiempo, en su residencia de Esporles.

Las imágenes que ilustran la presencia de los Duques en la antigua playa santacrucera las he escaneado de la entrevista concedida a Vicente Borges y de la cual conservo un ejemplar del miércoles, 28 de Septiembre de 1960. No en balde era mi padre y, en gran cantidad de ocasiones, disfruté del privilegio de acompañarle a muchas de sus entrevistas, aunque, esta vez, me la perdí. En dos de esas imágenes, se puede observar, como fondo, el roque de San Andrés, sin las numerosas viviendas que hoy trepan por él. La foto en color muestra al matrimonio en la actualidad y, como todos los mortales, el tiempo también ha pasado por ellos y ha dejado las huellas de las canas, las arrugas y el sobrepeso. Sus muchos títulos nobiliarios, su gran patrimonio y sus posesiones no les han librado de nada.

lunes, 3 de septiembre de 2012

¿Parques infantiles? Sí, por favor

Suele pasar que los seres humanos nos mostremos más sensibles con determinados temas o asuntos, cuando los disfrutamos o los sufrimos en propias carnes. Digo esto por ser una adulta con mucha presencia infantil en la familia y que no huye de ella. Todo lo contrario: la busca para ir al cine, salir de paseo o llevarla a algún parque infantil. Después de más de cuarenta años practicando esta encantadora, divertida y, - a veces -, agotadora costumbre, se puede decir que tengo bastante experiencia en estas lides, lo que me da cierta perspectiva para valorar y opinar sobre la calidad y adecuación, en particular, de los espacios destinados al juego de los más pequeños. 

En Santa Cruz de Tenerife, capital de la provincia canaria del mismo nombre, existe una red de recintos públicos que bajo el distintivo de infantiles, pretenden ser zonas habilitadas para las actividades lúdicas que deben formar parte del desarrollo, sano y normal, de todo niño. Sobre todo, en sus primeros años de vida.

Muy pocos de los antiguos parques han sobrevivido al paso del tiempo, aunque algunos han sido renovados y actualizados. La mayoría son de nueva creación y, supuestamente, bajo el asesoramiento y diseño de expertos en el tema, aunque en alguno se llegue a dudar. Los más visitados están en el Parque García Sanabria, donde siempre lo hubo, pero en distintas ubicaciones; en la Alameda del Duque de Santa Elena, junto a la remozada Plaza de España, y en el Parque Secundino Delgado, en la calle del Perdón (antigua General Goded), del barrio de Salamanca. La red más solicitada se completa con un mínimo reducto recientemente instalado en el interior de la Plaza del Príncipe, con pequeño tren incluido; otro, en la plaza del Residencial Anaga, rodeado por varios edificios de aquella zona; uno más, en la Plaza de Fátima, en el Barrio del Uruguay, y dos o tres aparatos diseñados para los más pequeños, en algunos tramos intermedios de la Rambla de Santa Cruz (antigua Rambla del General Franco). Hecho este recuento de los lugares más visitados, analicemos los pros y los contras de cada uno, desde el punto de vista de ciudadana contribuyente y asidua acompañante de menores usuarios.


El del García Sanabria es el que cuenta con mayor número y variedad de aparatos adecuados y bastante seguros para los más menudos, entendiendo por éstos desde los que aún gatean hasta los de cuatro o cinco años. En la Alameda del Duque de Santa Elena son bien pocos los elementos de juego, aunque estén bastante demandados por niños y padres y a pesar del riesgo de la proximidad de vías de intensa circulación de vehículos. Los inconvenientes de estos dos lugares son: primero, la arena, que hace que los críos la lleven con ellos, hasta el momento del baño, en ojos, boca y nariz y por mucho que sacudamos su calzado, sus ropas y sus juguetes; segundo, la dificultad para aparcar en sus alrededores. No todos los que acuden allí son vecinos del entorno. Proceden de otros puntos de la ciudad que carecen de este tipo de entretenimiento y han de desplazarse hasta ellos en sus propios vehículos. Sólo se cuenta con aparcamientos cerrados y privados cuyas tarifas son abusivas y no todas las economías familiares (y menos en estos tiempos) pueden permitírselo.

El parque Secundino Delgado es un caso aparte y merece un análisis más detallado. Ha hecho correr torrentes de tinta. Sorprendentemente, en él se ha ignorado al sector más pequeño e indefenso de los menores. Los aparatos que tiene sólo comportan peligro para esta franja infantil que, curiosa paradoja, es la de asistencia más fiel y numerosa. Para comprobarlo, no hay más que pasar por allí, después de las 5 de cada tarde laborable y en cualquier momento de los festivos. Ocupa un espacio muy amplio, con paseos y jardines muy agradables para sentarse a charlar, leer o simplemente contemplar el entorno. Pero, aún contando con esos privilegios, no existen esos juegos para los más pequeños ni tampoco baños adecuados para ellos, ni para nadie. Los familiares que les acompañan suelen quejarse de estas carencias que, por otra parte, vienen haciéndose, prácticamente, desde su inauguración, hace ya más de tres años. A todos estos agravantes también hay que añadir el de la precariedad para aparcar que es, incluso, peor que los antes mencionados, porque no existe, ni siquiera, la posibilidad de los parkings privados. 

Del resto de recintos nombrados, destaco la ubicación y seguridad de la Plaza del Residencial Anaga, bien alejado del siempre peligroso paso de vehículos, aunque muy parco en la instalación de juegos y, como todos, con dificultades para dejar el coche con cierta cercanía. Por el contrario, las virtudes de éste son los riesgos de los dos pequeños trenes estáticos instalados en el tramo de la Rambla que está a la salida de los colegios de aquella zona. Conocido es el tráfico incesante de las vías que la jalonan y, para mí, no representa suficiente seguridad la valla que les rodea ni las jardineras de mayor altura que suplieron, en su última remodelación, a las anteriores. Recuerdo la perplejidad que me produjo descubrir, en su día, la “brillante” idea de plagar de aparatos infantiles gran parte del recorrido de este bello paseo. No existían entonces las jardineras y, mucho menos, las vallas relativamente protectoras. Menos mal que algún responsable municipal posterior y con más sentido común que el de la idea original, debió ordenar lugares más apropiados, dentro de la misma rambla, y con las citadas protecciones. Pero, ni con esto, nunca llevaré allí a cualquier criatura de la que me haga responsable.

No menciono los espacios que poseen algunos barrios del extrarradio, porque su estado de deterioro es tan grande que pueden considerarse inservibles y desaparecidos. A ello han contribuido tanto la falta de civismo de los vándalos de turno que, seguramente, se amparan en la nocturnidad para destrozar todo lo que encuentran por el puro gusto de hacerlo, como a la falta de una mínima vigilancia que contribuya a protegerlos. Como ejemplo más conocido, el que había en el estupendo Parque de las Indias, sito en el barrio de La Salud bajo y próximo a la Avenida de Venezuela.

Para cerrar esta crónica inevitablemente amplia, hacer referencia al artículo “La ciudad de los niños”, publicado por el diario La Opinión, el pasado 18 de Mayo, en el que se dice que el candidato (entonces) y hoy, alcalde ya de Santa Cruz, D. José Manuel Bermúdez, respondiendo a su principio de “cultura de los pequeños detalles”, tiene planeado, para sus cuatro años de mandato, la construcción de 20 nuevos parques infantiles repartidos en los cinco distritos capitalinos. El conjunto estrella del proyecto, según sus declaraciones, será la creación del mayor parque infantil de Canarias, en la futura Ciudad del Mar.
Desde estas modestas líneas, sólo me queda instar al Sr. Bermúdez a que cumpla con su promesa y que yo pueda verlo. Los niños de la ciudad y sus familiares se lo agradeceremos mucho.

(Esta crónica fue publicada en loquepasaentenerife.com el 22 de Junio de 2011 y firmada por Cristo Velázquez, pseudónimo utilizado por la autora de este blog)

domingo, 26 de agosto de 2012

El patrimonio vegetal de Santa Cruz

El término patrimonio proviene del latín patrimonium y se refiere al conjunto de bienes que pertenece a una persona física o jurídica, pero, en un sentido más amplio, se vincula a la herencia y los derechos adquiridos por una comunidad o grupo social concreto. Hablaríamos, en este último caso, de un patrimonio cultural o simbólico. Es a esta acepción del vocablo a la que hoy queremos referirnos, ya que los que somos y vivimos en esta ciudad capital de la provincia occidental canaria hemos heredado - y dejaremos en herencia - las joyas verdes que posee el territorio capitalino. Desde siempre, una de las señas de identidad de Santa Cruz de Tenerife es su amplia y variada vegetación y para ello me baso en el hecho diario de recorrer sus calles y avenidas, ya sea a pie o en vehículo, y observar la presencia constante de toda clase de especies vegetales que van desde árboles de gran tamaño y múltiples especies hasta una amplia diversidad de flores.

Pero, quizá, la prueba irrefutable de esta comprobación cotidiana nos la proporcione un punto de vista lo suficientemente alto y distante como para apreciar los núcleos de mayor concentración vegetal que posee la capital y cómo se reparten a lo largo y ancho de la misma. El lugar elegido es el mirador de Los Campitos, en el monte de Las Mesas, a sólo unos pocos minutos, en coche, desde el centro urbano. Provista, pues, de una cámara con un buen teleobjetivo, inicio el trabajo de campo que me permitirá dejar constancia gráfica de ese inconmensurable patrimonio que hay que proteger y conservar en las debidas condiciones.


Las dos últimas estaciones y lo que va de esta primavera han estado muy escasas en agua y nuestros espacios verdes lo acusan. La práctica ausencia de las beneficiosas lluvias está haciendo estragos en los ejemplares que aparecen en aceras, parques, ramblas y jardines. Tampoco la situación económica permite pagar el riego que garantizaría un desarrollo óptimo de todos ellos y, aunque se contara con los dineros, las reservas acuíferas disponibles aconsejan ser muy austeros en su uso. Todo ello nos da una imagen un tanto apagada y poco habitual de cualquiera de los rincones en los que podemos encontrar y admirar tanta variedad y cantidad de verdes, naranjas, lilas, ocres, amarillos o rojos, aunque todo lo englobemos bajo el predominante: el verde.


Si hacemos un recorrido de izquierda a derecha y tomamos como espina dorsal de referencia  la larga línea generada por la Rambla de Santa Cruz, de Las Asuncionistas y de Los Reyes Católicos, podremos ubicar el resto de lugares que reúnen mayor cantidad de vegetación. El punto de arranque de éstas permite vislumbrar algunos de los impresionantes laureles de la Avenida de Anaga, espectacular hilera verde que transcurre paralela al mar, pero que no se aprecia desde esta atalaya porque queda oculta por una muralla de edificaciones de ocho y diez plantas, construida en primera línea, allá por los años 60-70. Las Ramblas, que tienen una longitud total de casi cuatro kilómetros, tampoco las veremos al completo. Sólo pequeños tramos, porque también las jalonan construcciones de diversas alturas. En el primer tercio de ellas saldrá a nuestro encuentro un trapezoide de más de 67.000 metros cuadrados que lo convierten en el mayor de los pulmones verdes que tiene el gusto de poseer esta ciudad. Es el Parque Municipal García Sanabria, construido en 1926 y objeto de una remodelación importante desde Octubre de 2004 hasta Junio de 2006. Tiene características de jardín botánico, porque muchas de las especies que allí habitan están catalogadas por su condición de ser raras o únicas. Próxima al Parque nos encontramos la Plaza de Weyler, construida en 1893 y con 3.600 m2 de superficie, en la que conviven el omnipresente laurel con arbustos, plantas y flores ornamentales de variados colores.

Si dirigimos la vista hacia el Sur de la capital descubriremos otro reducto verde en medio de enormes edificios. Es el Parque Don Quijote, próximo al estadio Heliodoro Rodríguez López y que en su día fue emblema natural de aquella zona emergente y punto de encuentro para el descanso y la comunicación de sus numerosos habitantes. Más abajo y lindando con el mar, aparece el Palmetum, un jardín botánico especializado en distintas familias de palmeras, que ocupa 12 hectáreas de terreno y en el que se encuentra la mayor colección de Europa de estas especies. Fue construido en 1995 sobre la montaña del Lazareto, un antiguo vertedero clausurado que, poco a poco, se fue acondicionando para transformarlo en espacio de uso público. Fondos europeos y municipales lo hicieron posible y hoy no se explota suficientemente como lugar de ocio y cultura.

Si regresamos a la línea de las ramblas, otearemos el encuentro de ésta con el inicio de la calle de S. Sebastián, y allí, ocupando la gran esquina formada, el Parque Viera y Clavijo. Tiene unos 6.400 m2 de superficie arbolada, se construyó en 1903 y en su interior hay una iglesia neogótica, mandada a edificar por una orden de monjas francesas que fundó el Colegio femenino de la Asunción y que mantuvo su actividad docente entre los años 1905 y 1978. Subiendo en dirección contraria a la vía de S. Sebastián, en la zona media de la Avenida de Bélgica, se llega al otro gran pulmón capitalino: el Parque de La Granja, de factura más reciente y extendido sobre algo más de 64.000 m2. Desde 1976 también conviven en él especies autóctonas, como el drago y la palmera, con otras de procedencia americana, como el nogal, el jacarandá, el flamboyán, el ficus y, cómo no, el laurel de Indias.

La linde norte de este hermoso recinto coincide con otra de las espectaculares ramblas que tiene Santa Cruz, la de Benito Pérez Armas, de la que, al igual que de las demás, no se divisa desde este mirador nada más que parte de las copas de algunos de sus laureles, a la altura de otra arbolada plaza, la de Los Cantos Canarios, antesala de tres de los institutos de Enseñanza Secundaria más antiguos de este municipio. Si nos adentramos visualmente en el Barrio de La Salud, a través de la Avenida de Venezuela, daremos con el Parque de Las Indias en el que 2.200 m2 de terreno cubierto de buen césped y suaves lomas sobreviven al maltrato de algunos incívicos usuarios. En la zona más alejada del mirador, y casi en el límite con el municipio de La Laguna, se aprecia un conjunto de tonos dorados, marrones y verdes correspondientes a unos generosos jardines situados en el barrio de La Salud Alto.

Frente al mirador, en lontananza, se entrevé la fronda más elevada de otros laureles pertenecientes a la rambla más estrecha del municipio, por obra y gracia del tranvía metropolitano, la de los Príncipes de España, en el populoso distrito de Ofra. Su recorrido comienza en la confluencia con la carretera del Rosario y termina en la conexión con el barrio lagunero de Taco. Como núcleos verdes opuestos a los dos anteriores y, por lo tanto, casi al pie de la atalaya, es fácil localizar el de la plaza del Sagrado Corazón, en la calle Horacio Nelson, en la que se ubica, desde 1977, la parroquia del mismo nombre y, un poco más arriba, el del Parque Secundino González, celosamente protegido por los vecinos del barrio de Salamanca, sabedores del valor que posee un espacio natural tan exclusivo como ese.

Éstas son, en una primera ronda de búsqueda visual, las joyas verdes más extensas esparcidas por el mapa capitalino. Pero hay muchas más que no podemos divisar desde este envidiable punto de mira. Sirvan como ejemplos todas las calles, anchas o estrechas, cuyas aceras están arboladas; los magníficos núcleos de vegetación que se emplazan en las urbanizaciones y zonas residenciales de la ciudad; los jardines de Ofra; los jardines privados; las palmeras, falsos pimenteros, adelfas, flamboyanes y uvas de mar que jalonan carreteras, como la de Valleseco hacia San Andrés; los hermosos laureles que envuelven aquel barrio marinero; los que abren el camino hacia el barrio de María Jiménez; los flamboyanes y palmeras de Las Teresitas... Pero, por contra, este extraordinario patrimonio también ha sufrido heridas irreparables con la tala indiscriminada de ejemplares que nunca debieron desaparecer.

Como muestra de algunos de los casos de esta indeseable práctica, una de las más sangrantes: la desaparición de todos los jacarandás de la calle Ramón Gil- Roldán y la de todos los tuliperos del Gabón que proporcionaban una beneficiosa sombra a quienes transitaban por la de Obispo Pérez Cáceres. Ambas en el señero barrio del Uruguay, cuando se procedió a su Plan de Embellecimiento y Mejora (¡qué ironía!) y se prescindió, incluso, de las pocetas necesarias para una posterior repoblación. Menos mal que sus vecinos reaccionaron y, después de manifestarse donde hiciera falta, lograron que se practicaran huecos en las nuevas aceras y se plantaran unos arbustos que, hoy, no protegen del sol a los que pasan por allí y sólo decoran.

Nuestra esperanza de que todo el patrimonio vegetal que hoy poseemos no se vea mermado por la intervención humana estriba en la sensibilidad y cultura que manifiesten los que dirigen y dirijan a esta atractiva ciudad. Sensibilidad para saber protegerlo y conservarlo. Cultura para saber que, mientras ese patrimonio exista, también existirá la vida. La de los que aún estamos aquí y la de los que vienen detrás.

(Esta crónica fue publicada en loquepasaentenerife.com el 12 de Junio de este año.)


domingo, 19 de agosto de 2012

Buganvillas: explosión de colores

Hay rincones de esta ciudad, dispares y distantes, que son un auténtico placer para la vista por sus magníficos estallidos de colores. Recorrerla a pie o en coche, en estos días de suaves temperaturas y luz radiante, es ir encontrando, por donde uno menos se lo espera, maravillas naturales que cuelgan o se extienden por pérgolas y paredes cuidadas, muros desvencijados o tierras resecas. 

La protagonista de este regalo para la vista y para el espíritu, es una diminuta y modesta flor blanca, rodeada de hojas modificadas que los especialistas llaman brácteas y que son las que se manifiestan a través de un abanico de colores tal, que va desde el blanco, pasando por varios matices de rojos y violetas, hasta un delicado amarillo que parece oro pulido. Forma parte de una planta trepadora, cuyo tronco y ramas poseen espinas, su nombre procede del apellido del militar francés, Louis de Bougainville, que la descubrió en el Brasil, mediado el siglo XVIII, y es originaria de América del Sur. El viento y las heladas son sus enemigos, mientras que al calor seco lo resiste con bastante dignidad. Su hábitat preferido es el propio de climas benignos y como más a gusto se encuentra y mejor se desarrolla es cuando está protegida de los ataques del dios Eolo. Aunque estas mínimas condiciones para salir adelante nos hagan pensar en una planta delicada y frágil, resulta ser fuerte y sufrida allí donde no cuente con ellas, y lucha y se empeña en hacerse más grande y frondosa, a pesar de momentos inclementes que poco la ayudan. 

Esas bellísimas enredaderas, -como solemos llamarlas los profanos-, podemos disfrutarlas en las lujosas viviendas de las calles que llevan nombres de ilustres científicos, como las del Doctor Marañón, Doctor Zerolo, Doctor Pasteur, o en la del Camino Oliver, todas ellas en la zona media de Santa Cruz. Más arriba, junto a la subida al barrio Cuesta de Piedra, sobre el muro que limita un gran solar, sobrevive dignamente una maraña carmesí intenso, que saluda a todo conductor que pasa muy cerca de ella. Un poco más allá, próxima a la Vuelta de los Pájaros, está la calle Francisco Pizarro. Allí, en una antigua casa clausurada hace pocos años por haber estado ocupada ilegalmente y en la que se produjeron varios conatos de incendio, florece una llamarada roja-naranja que hace olvidar el desastre sobre el que se expande libremente y semeja una prolongación de aquellos fuegos. 

Dos clásicos de estas alegrías para la vista son las que existen en la playa de Las Teresitas, desde tiempo inmemorial, y en la carretera de San Andrés, a la altura de María Jiménez. La primera, surge y se extiende, cada vez más, como una hermosa alfombra violeta pálido sobre un aparente suelo yermo y pedregoso, capaz de mantenerla con vida, años y años. La segunda, corona un largo muro que separa unos jardines con su vivienda, de la vía de regreso del barrio marinero de San Andrés. A pesar de su cercanía al paso continuo de vehículos y la correspondiente polución, sus brácteas rojo bermellón y rojo cadmio siguen tan campantes como siempre. Es probable que quien pasa con frecuencia por allí, ya no repare en su presencia, pero hay momentos de los días más luminosos en que es imposible ignorar su presencia. Sin duda, recibe los cuidados necesarios para que no sea un obstáculo para la circulación y pueda continuar allí para disfrute de los que quieran apreciar su belleza. 
Sirvan estas muestras citadas, como ejemplo de la que es una de las plantas más representativas y frecuentes en cualquier lugar de nuestras islas, no sólo de esta ciudad de Santa Cruz de Tenerife. Allá donde la benignidad de las temperaturas y la suave brisa acompañen, allí encontraremos explosiones de colores que, como lamparillas encendidas, penden de cualquier muro o pared. No en balde, han sido, y siguen siendo, inspiración para los buenos pintores paisajistas que también abundan por estas tierras. Acuarelistas ilustres como D. Francisco Bonnín Guerín o D. Antonio González Suárez fueron maestros en esta técnica y en este tema. Raros son la casa, la calle o el patio canario que representaran, en los que no aparecieran estas bellas enredaderas. Extraño, también, concebir un paseo por muchos lugares de estos territorios isleños sin que nos encontremos con estas pequeñas, o grandes, cataratas vegetales adornando casas, calles, patios y jardines, y alegrándonos la vista y el espíritu. 

(Esta crónica fue publicada en loquepasaentenerife.com el 17 de Enero de este año. Hoy, después de un invierno muy seco y un verano que lo está siendo también, muchos de los ejemplares descritos han perdido sus flores. Sólo quedan las ramas esperando que las condiciones climáticas sean más benignas, para volver a regalarnos su esplendor habitual) 

jueves, 16 de agosto de 2012

Cambio de imagen

Esta entrada de hoy no va de paseos, sino de explicaciones y agradecimientos. Lo primero, para justificar la nueva cabecera que presidirá este blog, y lo segundo, porque de bien nacidos es ser agradecidos y yo quiero pertenecer a éstos. Entremos, sin más tardanza, en detalles. 
Atendiendo a la estupenda idea que, hace unas pocas fechas, me sugirieron dos excelentes colegas en situación de jubilosos jubilados -como yo-, y blogueros de calidad -donde los haya-, hoy pongo en marcha su propuesta y aquí encabezo mi bitácora chicharrera con una imagen que tengo la esperanza de que responda a lo que me describieron. 
Reitero que la buena idea es de ellos y la ejecución, de quien esto les cuenta, que, cual Dora, la Exploradora - más talludita y espigada que el celebrado personaje infantil -, me contemplo escudriñando, con mi lupa, lo mejor y lo peor -desde mi punto de vista- de un plano de Santa Cruz, amplio y detallado. Y para que quede constancia de lo que se escudriña, que no falte la cámara fotográfica. 
Desde aquí, pues, agradecer a Lolina y a Melchor que hayan tenido la deferencia de hacerme partícipe de cómo me visualizan, cuando me acompañan en estos recorridos, y proponerme que lo convirtiera en imagen de presentación. También, de que sean dos seguidores asiduos de estos paseos - lo cual es un honor para mí -, y, por último, pedirles disculpas si no he sabido materializarlo mejor. En todo caso, cuando me expusieron su idea, me resultó muy ocurrente, simpática y expresiva, y después de madurarla unos días, me atreví a darle forma y aquí está el resultado que, con mejor o peor fortuna, he conseguido. Gracias, una vez más, estimados amigos, y hasta un próximo encuentro.