Lupa en mano y cámara en ristre, paseando por lo mejor y lo peor de la ciudad
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miércoles, 25 de julio de 2012

Las casas terreras de Santa Cruz (II)

Para completar la información expuesta en la entrada anterior, paso a pormenorizar los núcleos donde he encontrado un mayor número de ellas o donde se ubican algunos ejemplares dignos de reseñar por su peculiaridad. Por lógica, dada su condición de ser marinero y pescador, en el barrio de San Andrés existe una variada muestra de estas antiguas viviendas, aunque pocas están habitadas. Podemos encuadrarlas en el nivel de las más modestas, por sus rasgos definitorios, aunque muchas aportaron la singularidad de estar rematadas por tejados y no por azoteas. El dibujo a pluma que forma parte de las imágenes, realizado por D. Manuel Sánchez, ilustre acuarelista lagunero, en los primeros años 60, da fe de esta particularidad y, hoy, aún se conserva alguna. Otra característica actual es que algunas aparecen pintadas en blanco con franjas azul celeste, colores muy propios de lugares junto al mar. 
En aquel otro barrio que también tuvo sabor a sal y olor a yodo marino, El Toscal, la calle de Santiago nos ofrece la conocida Ciudadela, con modestas casas con puerta y una única ventana, bien conservadas, de poca altura, con una techumbre corrida que las cubre a todas, y pintadas con vivos colores contrastados. La mayoría está deshabitada y el conjunto ha sido declarado Bien de Interés Cultural (BIC) por el ayuntamiento capitalino. También los pasajes de Pisaca y de Ravina muestran ejemplares muy cuidados y que siguen siendo vivienda de muchos de sus vecinos. Por contra, en la de Tribulaciones se mantiene en pie en torno a una decena, tapiadas y en un estado deplorable, la mayoría. En ella, desemboca el Callejón del Señor de las Tribulaciones, que alberga otra de las ciudadelas de El Toscal, aunque su aspecto dista mucho de la de Santiago. Todas ellas constituyen el conjunto más genuino y antiguo de la capital. 
A medida que se asciende por la ciudad, la situación observada en El Toscal se advierte en las que se van descubriendo, aunque sean posteriores a las de aquel barrio. De Este a Oeste y de Norte a Sur, podemos sorprendernos con la presencia de muchas casas terreras en el mismo margen de una misma vía o alternadas entre construcciones de mayor altura. Estas comprobaciones llevan a concluir que aquel primer asentamiento en las inmediaciones marinas dio lugar a una expansión, por todo el espacio urbanita, que hizo que se convirtiera en el inmueble más solicitado de aquellos 50 o 60 primeros años del siglo XX. Los documentos gráficos que existen sobre cómo era esta capital, entonces, son una prueba inequívoca de su abundante presencia en las calles y barrios de la época, y como imagen muy significativa, la de la Rambla de Pulido, en su confluencia con la Plaza de La Paz, captada en 1924. 
En el barrio de Salamanca, en calles como Isla de La Gomera o Prosperidad, se observan las más auténticas y mejor conservadas de aquellas cuyas fachadas parten directamente de las aceras. Llama la atención, en la segunda de las reseñadas, la existencia del Pasaje de Agulo, muy diferente a los que posee el barrio de El Toscal. En las de Manuel Verdugo, Obispo Pérez Cáceres o Veremundo Perera están las más interesantes del barrio del Urugüay, con sólo siete calles que le hacen ser el más pequeño y uno de los más antiguos rincones del municipio capitalino. Su rasgo distintivo, - y que las hace únicas -, son los cuidados jardines que las anteceden. 
El barrio de El Cabo-Llanos conserva un reducto con algunas muestras dignas de señalar en calles como Emilio López, detrás del antiguo rascacielos de la Avenida 3 de Mayo, Pérez Zamora, José Hernández Alfonso, muy cerca de la rotonda, y la zona baja de Leoncio Rodríguez. 
Más arriba, en el barrio de El Perú, en las empinadísimas calles de Juan Rumeu García y Rafael Arocha Guillama, descubrimos seis o siete de modestas facturas. Ya cerca de la Vuelta de los Pájaros, aparece un curioso reducto en la calle Francisco Pizarro, donde todas sus viviendas lo son, aunque alguna de construcción más tardía. 
Otra zona más alejada, la constituye Vistabella que, en sus calles Asiria y Beril, conserva cinco casas al más puro estilo de las del barrio de Salamanca, aunque alguna en estado semirruinoso. 
Mención aparte queremos hacer a otra suerte de casas terreras existentes en el barrio de La Salud Bajo. Fueron edificadas en torno a los años 60, en calles que, en su mayoría, desembocan en la Avenida de Venezuela, eje principal a partir del cual se fue construyendo el que, a mediados de los 70, sería el distrito más poblado de esta capital. Son viviendas de menor altura y con puertas y ventanas bastante más pequeñas que las de sus hermanas mayores y elementos decorativos más geométricos. 
Desconozco si el Ayuntamiento de Santa Cruz posee algún censo y normativa sobre este tipo de construcciones y, si no los tiene, sería una buena referencia, para hacerlo, lo que dice el lúcido historiador lagunero, D. Álvaro Santana Acuña, en una entrevista publicada en loquepasaentenerife.com, con respecto a las terreras de la vecina ciudad de La Laguna, que "Respetando al máximo su arquitectura única, las casas terreras deshabitadas o en ruinas pueden ser transformadas en salas de estudio, salones de gimnasia, un Museo de la casa terrera, puntos de cercanía de la biblioteca municipal, locales de usos múltiples para el disfrute de vecinos y asociaciones. Sería una inversión menos costosa que la restauración de un palacio y sobre todo más útil para la vida diaria de los ciudadanos." Hago mías sus sensatas palabras y espero que algún día y antes de que desaparezcan las que aún tenemos en esta otra población del área metropolitana, alguna corporación municipal tenga la cordura y sensibilidad suficientes como para poner en marcha ideas que permitan conservar, a pesar del paso de los años, estos trocitos de la historia más sencilla y doméstica de esta capital. Sería un buen legado para los que vienen detrás. 

Nota de la autora: en loquepasaentenerife.com se publicó, el 1 de Marzo del presente año, la crónica que aglutina las dos entradas dedicadas, en este blog, al tema de las casas terreras en Santa Cruz.

domingo, 22 de julio de 2012

Las casas terreras de Santa Cruz (I)

Esta crónica no pretende hacer un estudio histórico de esta modalidad de vivienda tan frecuente en nuestras islas. Nada más lejos. Lo que me lleva a emprenderla es la curiosidad de haber comprobado, desde hace mucho tiempo, la lenta desaparición o la transformación de muchas de ellas, en el ámbito capitalino, y el deseo de dar a conocer una buena muestra de las que siguen existiendo en distintos puntos del mismo. En definitiva, centrarme en su estética, estado de conservación y lugar de ubicación. Aunque haga unas brevísimas referencias a su historia, - inevitables, por otra parte -, sólo me mueve el gusto por hacerles partícipes de la admiración que siempre he sentido por estos otrora humildes inmuebles y, en esta época de colmenas y rascacielos de última generación, objeto de deseo de muchos que, cuando lo consiguen, hacen de ellas verdaderas joyas para vivir de un modo más humano. Hechas, pues, las procedentes aclaraciones iniciales, permítanme meterme, de lleno, en harina.


Estas peculiares edificaciones de un solo piso, junto con las cuevas, las chozas y las viviendas de alto y bajo, constituyen las cuatro estructuras habitables más frecuentes en el ámbito rural canario. Pero, a pesar de su origen, con el paso del tiempo se fueron integrando en núcleos poblacionales más cercanos a las costas del Archipiélago y se convirtieron en el modesto domicilio familiar de muchos pescadores y trabajadores de los muelles. Este fenómeno se dio en casi todos los litorales isleños y Santa Cruz de Tenerife no iba a ser una excepción. Los últimos años del siglo XVIII, los del XIX y los primeros del XX son los testigos de la construcción de estas estructuras cúbicas o prismáticas, erigidas sobre un solar de forma rectangular o cuadrada, aunque algún investigador las data en siglos anteriores.

Hoy, con un trabajo de campo sustentado en la ayuda inestimable de una pequeña cámara fotográfica, he podido descubrir en torno a unas trescientas viviendas de aquellos tiempos, en los lugares más dispares y distantes posible. Muchas, magníficamente conservadas en sus rasgos más característicos y, otras, con pequeñas y grandes variantes sujetas, probablemente, al gusto y capacidad adquisitiva de sus propietarios. Unas cuantas, se venden. Otras, están deshabitadas y, a lo mejor, en espera de algún proceso judicial que impide su venta o su derrumbamiento para edificar, en el mismo sitio, una mole de varios pisos. Esta finalidad o la conversión en vivienda de alto y bajo son las causas más frecuentes de la desaparición de muchas de ellas, a medida que la ciudad va creciendo. También me lleva este trabajo gráfico a encuadrar, en dos grandes grupos, el tipo de casa terrera que aún pervive por estos lares. Uno es el de la inmensa mayoría: construidas a ras de las aceras y con su fachada arrancando directamente de éstas. El otro, lo constituye una minoría: las que cuentan con un pequeño jardín entre la acera y la propia fachada e, incluso, algunas con dos o tres escalones para acceder, desde ese jardín, a la entrada de la vivienda. Éstas últimas están localizadas en un único lugar del territorio capitalino.


Sin embargo, todas muestran elementos muy parecidos en su frente y en su interior. En el paramento frontal, lo frecuente es que tengan una, dos o tres ventanas repartidas a los lados de la puerta, siendo todos estos huecos, rectangulares y amplios. Por lo general, tanto unas como otra, están enmarcadas, en su lado superior y en la parte más alta de los laterales, con adornos que, justo en la mitad, muestran interesantes salientes inspirados, a veces, en los capiteles de las columnas griegas y romanas clásicas, aunque la mayoría es de formas más libres y sencillas a base de elementos florales y curvilíneos. Sobre estos huecos suelen ofrecer una cornisa que recorre la fachada a todo lo ancho, y también con variados aspectos. Por encima de este saliente aparece el muro que la cierra y que se corresponde con el antepecho de la amplia azotea que ocupa toda la zona superior de la casa. Ese muro presenta diversas respuestas: desde artísticas balaustradas a todo lo ancho, pasando por las que se alternan con paramento cerrado, hasta los que son sólo una sencilla pared corrida. Las más antiguas suelen ser las más modestas, presentando sólo la puerta y una ventana, y sin ninguna clase de aditamento ornamental.

 El apartado del color también ofrece una enorme variedad: desde los sobrios tonos armoniosos y apastelados hasta los contrastes atrevidos y muy vivos. Las puertas suelen ser de madera y, en las casas más cuidadas, con cuarterones y barnizadas o pintadas, a juego, con los matices de la fachada; en la carpintería de las ventanas, se aplica el mismo criterio. Hoy, muchas han sido sustituidas por las más prácticas y duraderas de metal coloreado. Nuestro clima templado propicia, sobre todo en verano, la existencia de la polilla en la mayoría de las maderas y esto hace que terminen picándose y haya que suplirlas por nuevos materiales. 

La distribución interior responde, asimismo, a un esquema básico que se repite: un largo pasillo que se inicia en la puerta de entrada a la casa y que acaba en un generoso patio que ocupa todo el fondo o queda en un lateral de la edificación. A ese pasillo se abren las distintas estancias que están ventiladas e iluminadas gracias al tragaluz que se corresponde con la superficie del patio. Una escalera que parte de ese mismo espacio permite el acceso a la azotea. Normalmente, el tragaluz aparece cubierto con algún material transparente o traslúcido para evitar la entrada de lluvia en la vivienda y facilitar la iluminación natural.

Dejo para un próximo post señalar las distintas zonas del territorio capitalino en las que podemos encontrar ejemplares de diversas épocas, que se mantienen en diferentes estados de conservación, estados que tienen mucho que ver con la situación, familiar o administrativa, de los propietarios de cada una.

viernes, 20 de julio de 2012

Edificios que no son adefesios

Desde siempre, toda ciudad que se precie tiene detractores y defensores. Santa Cruz de Tenerife, capital de la provincia canaria del mismo nombre, no se libra de esta realidad y no iba a ser menos. Sus calles, avenidas, ramblas, paseos, parques y edificios son, muchas veces, los motivos de esas diferencias tanto entre los que vivimos aquí como entre los que son ciudadanos de paso. Por eso, como habitante que soy, del lugar, me atreví, en su día, a publicar una selección absolutamente personal sobre los que considero, en el apartado de los inmuebles, más adefesios que edificios. Hoy, bajo el mismo punto de vista, - el más subjetivo, reitero -, voy a osar exponerles las que me parecen algunas muestras del buen construir. Del que se hace con armonía, originalidad y adaptado al enclave disponible. Por otra parte, tampoco quisiera caer en aquello de ser negativa, por norma. Hay que procurar ser positivo y, por ello, aquí está la visión que responde a esta segunda actitud. Así pues, insistiendo, de nuevo, en que las elijo bajo mi única y particular óptica, paso a ubicarlas y a describirlas, por si muevo el interés de algún amable lector a disfrutarlas de cerca. Para facilitarles el posible recorrido, les diré que el mío lo comencé en la zona media de la capital y lo finalicé muy cerca de un mar que, a lo largo del litoral capitalino, a duras penas podemos ver. Pero, ese, será tema para otra ocasión. De momento, sigamos con los edificios que, para mí, no son adefesios.


La primera incursión la hago en el antiguo reducto de Las Mimosas y según se accede a él, desde la calle Enrique Wolfson. A pocos metros, se encuentra Villa Olivia, una especie de palacete de evidente estilo ecléctico, pintada de blanco, con carpintería marrón y rejas negras. Su eclecticismo lo da la combinación de elementos clásicos, modernistas y neoclásicos. Podemos advertirlos en las ventanas rectangulares de un mismo piso, y con arco de medio punto, en otro diferente; en balcones con balaustrada, unos, y de rejería, otros; en la decoración de tipo vegetal que aparece sobre los ventanales, en el extremo de las columnas o en el remate de la fachada principal. Está muy bien conservado y el único inconveniente que le veo es el lugar en el que se encuentra construido: una calle muy estrecha, para una edificación tan grande y que impide contar con una perspectiva suficiente para admirarla en todo su esplendor.

Si descendemos hasta la Rambla de Santa Cruz, vamos a encontrarnos con varios ejemplares de gran interés que, por suerte para ellos y para los que los contemplamos, sí disponen de todo el espacio necesario para observarlos a placer. El primero está en la esquina que forma esta rambla con la calle General Ramos Serrano, siendo el nº 61 de la primera. Es un bellísimo palacete de traza modernista, rodeado de jardines y presidido por una cancela de hierro al más puro estilo del conjunto, que da paso a una escalinata de cómodos escalones redondeados y que llevan hasta el núcleo central de la edificación. Este cuerpo tiene la particularidad de ser cilíndrico y está rematado por una estrecha cúpula cónica recubierta de pequeños mosaicos brillantes y de colores, que recuerda al Gaudí de la Casa Batlló o del Parque Güell.

Si cruzamos la calle y continuamos por la misma acera, nos encontraremos con el nº 65, otro claro representante del eclecticismo presente en muchas edificaciones de este distrito de la capital. Gozó de gran esplendor durante los años 70 y 80, cuando fue residencia de la Casa de Venezuela de aquella época. Hoy, la poco cuidada vegetación de sus jardines, la oculta en exceso e impide apreciar toda su belleza. De él, destaco, en especial, la pequeña, pero coqueta escalinata, que parte del jardín y lleva a la entrada principal, así como la exuberante decoración de diminutos elementos vegetales que enmarca puertas, ventanas, balaustradas y remate de las fachadas, muy propios de la rica ornamentación modernista.

Si pasamos a la Rambla, la cruzamos y nos adentramos en la calle Jesús y María, disfrutaremos de más ejemplos llamativos. De los muchos que podría citar, distingo al nº 15 como uno de los más espectaculares del lugar. Ocupa la esquina formada por esta vía y la de Viera y Clavijo y, para mí, su singularidad está en ser la más original de todas las que he elegido en esa zona. Aunque en ella también podemos observar esa miscelánea de elementos presentes en las otras, aquí se interpretan con mayor libertad y descubrimos, además, arcos ojivales y rejería y decoración modernista más austera que la mostrada en otras construcciones. El volumen principal ocupa el vértice de su planta, que, a su vez, se acomoda al que forman las dos calles. Es una especie de torre rematada con una cúpula cóncava de cuatro aguas, cubiertas por menudas escamas azuladas y brillantes, elemento decorativo éste que formaba parte de las de algunas de las mejores catedrales románicas peninsulares, pero realizadas en piedra. La fotografía tomada desde la calle Viera y Clavijo, por Otto Auer, entre 1924 y 1927, y propiedad de la FEDAC (Fundación para la Etnografía y el Desarrollo de la Artesanía Canaria), nos demuestra que esta curiosa construcción se mantiene prácticamente igual.

Si descendemos hasta la Plaza de los Patos, nos sorprenderá la imagen de un hermoso palacete situado en la curva que forma la Rambla 25 de Julio con el tramo de Viera y Clavijo que viene de la calle Méndez Núñez. En los años 80 y 90, fue sede de la Presidencia del gobierno autonómico canario y es un lujoso inmueble exento, rodeado de jardines con numerosas palmeras de diferentes alturas, que ofrece características, no muy definidas, de un modernismo, rico y urbano, que decía adiós y daba paso a un estilo francés, elegante y refinado. Según los expertos, es la mejor muestra de esta corriente arquitectónica, en Canarias. Actualmente, es una clínica privada especializada en belleza corporal.


Ya en la citada Méndez Núñez, en el tramo comprendido entre las calles de El Pilar y Santa Rosalía y frente al costado principal del Parque García Sanabria, nos encontramos con otra joya del eclecticismo imperante en aquellos años: las Casas Amarillas. Fueron construidas en la primera quincena del siglo XX y estuvieron a punto de desaparecer en los 90, por el afán especulador y desmedido de los de siempre. El primer proyecto de remodelación de todo lo que ocupa hoy el Parque Bulevar incluía borrar, literalmente, a este interesante grupo de viviendas, para disponer de más espacio sobre el que construir vaya usted a saber qué. Menos mal que hubo movimientos importantes en contra de aquella intención inicial y hoy podemos seguir disfrutando, al menos, de la fachada del que fue un magnífico conjunto de viviendas. Desde siempre, es referencia obligada para todos los que hagan alusión a la zona en la que se encuentra.

Para terminar, valgan dos ejemplos de arquitectura más moderna y diametralmente opuestos a los anteriores. Ambos juegan con la combinación de los materiales en los que están construidos: cristal, metal y hormigón.
El primero se encuentra en el Residencial Anaga, en la calle Fernando H. Guzmán y me parece un edificio sorprendente por las distintas respuestas visuales que se tienen de él, se observe desde dónde se observe. Es posible que su autor o autores hayan aprovechado la fuerte pendiente del terreno sobre el que se eleva y su forma aparentemente inspirada en el prehistórico talayot balear, para propiciar estos efectos.


El segundo es el edificio de Usos Múltiples II, situado en el nº 10 de la avenida José Manuel Guimerá, en el cruce de la Vía Marítima con la Avenida 3 de Mayo. Fue construido en 1993 y, quizá, representa el comienzo de edificaciones públicas más atrevidas y avanzadas, de las que hasta entonces se hacían. Una característica a destacar la constituye la especie de torreón cilíndrico que ocupa uno de los cuatro vértices de su planta y en el que confluyen una fachada recta, por la derecha, y una curva, por la izquierda. El paralelismo de los elementos que las configuran y los cristales tintados refuerzan su modernidad. Todo ello se aprecia desde cualquier punto alrededor de la rotonda que regula el tráfico de la zona. La llegada del tranvía metropolitano ha contribuido a mejorar el espacio urbano de aquella área y esto ha redundado en poder admirar, con la distancia necesaria, las cualidades de esta construcción.

Para finalizar, permítanme insistir en que es la estética de estas edificaciones la que me ha llevado a escogerlas y, siempre, desde una óptica absolutamente personal. Considero suficientemente representativa de mis gustos la selección descrita, aunque la muestra podría ampliarse con otros muchos edificios que, como los anteriores, nunca tildaría de adefesios.

miércoles, 18 de julio de 2012

Adefesios por edificios

D. Miguel Moore, el Padre Moore, - como era conocido por estas tierras -, fue párroco de la Iglesia de la Concepción, de Santa Cruz de Tenerife, en las décadas de los 60 y 70. Mediada la prímera, también fue profesor de una asignatura del Curso Preparatorio de la carrera de Bellas Artes, que tenía el curioso y, a la vez, lógico nombre de Liturgia y Cultura Cristianas, dadas las imposiciones religiosas de aquel entonces. Era una persona culta, encantadora, inquieta y enamorada de las Artes. En clase, procuraba estimular el interés de los alumnos invitándonos a observar todo lo que nos rodeaba y a ser críticos con la ausencia de estética que caracterizaba a gran parte del entorno que nos tocaba de cerca. Con frecuencia, nos transmitía sus impresiones personales sobre el tema y disfrutaba mucho con él. Posiblemente, tanto como cuando nos hablaba de cálices, casullas y crucifijos más o menos bellos.
Siempre se trasladaba, a pie, desde la Concepción hasta la antigua Escuela de Artes y Oficios, en la Plaza de Ireneo González, y en donde se daban las clases de Bellas Artes. Tanto si iba como si venía, no perdía detalle de todo lo que encontraba a su paso, incluidas las edificaciones del recorrido. Recuerdo que insistía en que anduviéramos con la cabeza alta y mirando hacia arriba, para que viéramos todos los detalles de lo que nos rodeaba. Cuando comentaba lo que divisaba en aquel trayecto, una de sus frases preferidas: “Eso no son edificios; son adefesios”, se me quedó para siempre. Desde entonces, cada vez que tropiezo con algún motivo que me lleve a esta misma conclusión, no puedo evitar acordarme del Padre Moore.
Desde hace tiempo, con la gran ayuda que las nuevas tecnologías fotográficas nos dan, me he ido haciendo con una pequeña colección de ejemplos representativos de aquella expresiva frase de D. Miguel y, dejando bien claro que como suele ocurrir con lo que lleva una cierta carga artística, la muestra responde, sobre todo, a criterios personales sobre lo que es la ausencia de belleza en algunos de los edificios, de nuestra capital, con cierta relevancia. Por lo tanto, la subjetividad y las opiniones están muy presentes en esta relación. Vamos a ella.

Edificios “muralla”, en la Avenida de Anaga: Para mí, el adefesio por excelencia, de esta capital. Se trata de un conjunto de construcciones diferentes adosadas, pero con muy poca personalidad cada una, de la misma enorme altura todas y que, a modo de pared gigantesca y acolmenada (permítanme semejante palabro), cierra la visibilidad del mar prácticamente a todo lo que se edificó en calles sucesivas posteriores, justo detrás de ella. La fachada trasera de la mayoría da a la de la Marina, vía ancha y de buena longitud, pero muy sombría. Esa falta de luminosidad se la debe a ese descomunal paredón que las autoridades del momento autorizaron a levantar sin el más mínimo respeto hacia el derecho a disfrutar del mar de los que llegaron después y quisieron construir en la misma zona. Aunque tamaño abuso no tiene solución, me consuela creer que hoy no se hubiera permitido un desmán de esta categoría, ya por una clase política dirigente más sensible hacia los temas del bien común, ya porque las organizaciones ecologistas y los movimientos vecinales no lo hubieran consentido bajo ningún pretexto. La dictadura imperante en los tiempos en que esas edificaciones proliferaron fue la que auspició que determinados intereses particulares tuvieran el privilegio de monopolizar la explotación de la línea más próxima al litoral santacrucero. Es, y seguirá siendo, el paradigma de lo que nunca más se debe hacer en situaciones geográficas similares.

Actual Facultad de Bellas Artes: Situada en el Camino del Hierro, es, paradójicamente, la negación de lo que su nombre indica. Se construyó hace más de 30 años y podría haberse destinado también tanto a fines militares como a carcelarios. Es una edificación laberíntica y caótica en su interior, lo que no propicia su papel de centro docente, que siempre debe ser un espacio bien organizado y que facilite el acceso a sus dependencias, sobre todo, de aquellos que pasan muchas horas de sus días de estudiantes y de profesores, en aquel recinto. Desde hace unos cuantos cursos, se encuentra en un estado lamentable y espero que la nueva Facultad que se está edificando en estos momentos, en la zona baja del complejo universitario de Guajara, se ajuste con mayor propiedad a lo que significan las Bellas Artes, entre las que se encuentra, precisamente, la Arquitectura. Lo que se va viendo y adivinando, parece que mejorará, con creces, a la hoy existente.


Viviendas adosadas del Residencial San Juan de Dios: De inspiración más propia de una zona playera modesta que de un barrio capitalino, aunque sea del extrarradio. Quienes la diseñaron debieron buscar la originalidad, a costa de sacrificar un mínimo de armonía. Me temo que no lograron ni lo uno ni lo otro. Esa galería exterior techada con una aparatosa cubierta color marrón oscuro, a modo de enorme visera, es probable que se concibiera, además, como elemento decorativo. Desde mi punto de vista, sólo se logró su función: ser un simple tejado sin tejas. Y menos mal que sus propietarios, conscientes de su poco agraciada hechura, han aportado color a una fachada que, en sus inicios, sólo tenía el gris del hormigón con el que se fabricó. La construcción muestra dos niveles de adosados, uno encima del otro y, a su vez, cada vivienda consta de dos plantas. La más alta del segundo nivel deja ver los estrechos huecos de sus ventanas por encima de la techumbre que cubre la galería. Pueden imaginarse la “agradable” visión que tendrá quien se asome a ellas. La perspectiva más desafortunada la tienen los vecinos de las edificaciones de enfrente, que, además, ven el aspecto con que quedó la reparación de goteras que se hizo a la comentada cubierta, no hace mucho: unas toscas líneas blanquecinas del material impermeabilizante aplicado a las juntas que unen las oscuras piezas del techo.


Colegio de Ingenieros de Caminos Canales y Puertos de Santa Cruz de Tenerife: Cuando vi los inicios de esta construcción que se encuentra en la zona más alta del barrio de Salamanca Chica, en la calle Poeta Rodríguez Herrero, creí que sería un depósito o almacén para determinadas mercancías, dada su estructura de mazacote prismático con poca altura y menos base. Pensé que iba a ser una especie de silo o granero. Cuál no sería mi sorpresa, cuando después de un tiempo sin pasar por el lugar, descubrí que la edificación estaba finalizada y era, nada menos, que la sede de un Colegio Profesional de los catalogados de alto standing. Quizá, se ha pretendido representar, a modo de símbolo de su especialidad, un bloque gigantesco como los que estos ingenieros emplean en sus faraónicos proyectos. A fe mía que lo han conseguido si esa fue la intención, pero también qué poco afortunado y qué poco integrado en el entorno en que está ubicado. Además, está situado al fondo de una calle muy pendiente y la impresión visual que se recibe, a medida que uno se va aproximando desde abajo, es la de un volumen que aplasta al que se acerca, lo que viene a reforzar la idea de mazacote inmisericorde.

La casa del barco: Probablemente, si se hubiera construido en la línea más cercana a los puertos y muelles de nuestra costa, su diseño habría tenido alguna justificación. Fue una de las primeras edificaciones de la zona baja de la Avenida de Bélgica y llamó la atención de los viandantes, desde el primer momento, por su originalidad. Hoy, en un estado de abandono lamentable y casi engullida por edificios mucho más altos y de trazas más modernas y funcionales, queda desfasada y más fuera de lugar que nunca. No sé si será cierto o es una de las muchas leyendas urbanas que abundan en toda ciudad que se precie, pero se dice que quien encargó su construcción para hacerla su vivienda, fue un marino tan enamorado de su profesión que hizo reproducir el puente de mando de alguno de los barcos en los que navegó, para convertirlo en su casa. Hace no mucho, desde fuera, podía observarse un intento de mejora de su aspecto, porque podían verse materiales y herramientas propios de la recuperación de un inmueble. No debió prosperar por motivos que desconozco y se encuentra en ese lastimoso estado de abandono aparente.

A esta pequeña serie podríamos añadirle el rascacielos de la Avenida Tres de Mayo, los dos cercanos al Auditorio de Tenerife, las clínicas Parque y La Colina, la mayoría de los centros escolares que por aquí nos han construido… Pero, de momento, sirvan estos cinco ejemplos analizados. Considero que son los que mejor responden, bajo mi personal ángulo de mira, a aquella recordada frase de mi antiguo profesor: “Eso no son edificios; son adefesios”. Y sirva, también, como homenaje a su figura y a su empeño en contribuir a que fuéramos críticos con la estética de nuestro entorno y exigentes, donde procediera, con que ese entorno mejorara para y por el bien de todos los que formamos parte de él. Primero, como ciudadanos y, después, como profesionales titulados en Bellas Artes, que podemos y debemos contribuir a ello, tanto desde la educación como desde la colaboración y el asesoramiento.

lunes, 16 de julio de 2012

Antes de pasear

Este blog tiene como primer objetivo reunir todas las crónicas que, hasta el pasado día 7 de este mes, he publicado sobre la ciudad de Santa Cruz de Tenerife, en la plataforma digital loquepasaentenerife.com. Este lugar de la Red cesa su actividad por una larga temporada y quien suscribe esta entrada no desea cesar la suya, lo que me ha llevado - por sugerencia de una querida y admirada amiga, y después de sopesar y meditar la propuesta -, a abrir esta bitácora para recoger lo ya contado sobre muchos de los aspectos valiosos que posee nuestra capital. 
A este trasvase inaugural, le seguirán nuevos episodios sobre el Santa Cruz de hoy, unas veces tan controvertido y otras tan celebrado, pero siempre muy unido a la vida de sus habitantes y a su pasado. Episodios que no impedirán que, en alguna ocasión, el guión se vea alterado por acontecimientos indirectos, pero que, en alguna medida, tengan que ver con ella. 
El punto de mira y la curiosidad son los de siempre y, a poco que se esté atenta, se descubren detalles y lugares que pudieron pasar desapercibidos en una primera mirada. En ocasiones, como pasajera de vehículos distintos al mío. En otras, como viandante ocasional. Unas veces, a simple vista, y otras, ayudada de un microscopio o una lupa, imaginarios. En definitiva, un blog que nace con el deseo de llamar la atención de todo aquel que viva o transite por esta ciudad y quiera fijarse, observar, admirar o rechazar aspectos, sobre todo visuales, que forman parte inseparable de ella y que, muchas veces, pasamos por alto. 
El espíritu crítico también está presente, porque forma parte de un afán de mejora en todo lo que afecta a una capital con mucha personalidad y con muchas posibilidades de ser un territorio donde la calidad de vida puede alcanzar un muy buen nivel, a poco que, entre todos, nos lo propongamos. 
Por último, y para no dilatar más esos paseos anunciados, agradecer, desde aquí, a la dirección de loquepasaentenerife.com, el que me haya dado la oportunidad de contar con un espacio de amplia difusión, para hablar de mi ciudad, durante una prolija temporada. Larga vida, pues, a este excelente digital y, de nuevo, gracias.